Publicado: 13-01-2003
Pax americana
en Sudán: ¿un modelo para el Sáhara y Medio Oriente?
La
larga y crudelísima guerra civil sudanesa, entre el Norte árabe
y musulmán y el Sur negro cristiano y animista no ha merecido la intervención
de las grandes potencias hasta que se produjeron dos hechos concurrentes: la
explotación de petróleo y los acontecimientos del 11 de septiembre.
El valor estratégico de las zonas petrolíferas del Sur aumentó
entonces espectacularmente y Estados Unidos decidió intervenir y consiguió
poner en marcha un proceso de paz que conducirá bien a una federación,
bien a una partición. El modelo de resolución del conflicto sudanés
pudiera ser extendido al Sáhara Occidental y a Medio Oriente Medio.
Por
Carlos Ruiz Miguel
Había
razones para ocuparse de Sudán. De entrada, desde hace más de
medio siglo (con una pausa entre 1972 y 1983) Sudán viene sufriendo una
guerra civil que enfrenta al Norte árabe y musulmán (de orientación
fundamentalista), tradicional explotador de las riquezas del país, contra
el Sur negro animista y cristiano, tradicional explotado. La guerra ha costado,
sólo desde 1983, entre un millón y medio y dos millones de muertos,
pero esta inmensa tragedia no ocupó apenas líneas en la prensa
internacional, occidental o árabe (como tampoco la hecatombe angoleña):
¿acaso porque los muertos eran en su mayoría negros africanos?
Además, en segundo lugar, para hacer aún más incomprensible
este olvido, Sudán ha albergado a un partido, el FNI (Frente Nacional
Islámico) de Hasan al Turabi, que ha intentado actuar como catalizador
de todos los movimientos integristas del mundo. Y, por si fuera poco, el conflicto
de Sudán es la causa de una desestabilización regional que afecta
a Uganda, Eritrea y Etiopía. En el pasado, Sudán apoyó
a guerrillas en Eritrea y Etiopía para dinamitar la posibilidad de una
gran Etiopía cristiana que actuara como tapón de la expansión
islámica sustituyéndola por un archipiélago de Estados
islámicos. En la actualidad, Uganda y Eritrea apoyan a la guerrilla sudista
y Sudán, por su parte, apoya a la guerrilla denominada Ejército
del Señor (extraña guerrilla supuestamente integrista cristiana,
pero que es un instrumento del régimen sudanés) que combate al
gobierno ugandés.
Esta
pavorosa guerra parece que sólo ha encontrado un final después
de los acontecimientos del 11 de septiembre. ¿Qué ha ocurrido
desde entonces? Pues, en primer lugar, que Estados Unidos se ha tomado más
en serio que nunca el terrorismo islamista, y que el gobierno de Sudán
es uno de los países que más han apoyado el terrorismo islámico,
por lo que la ayuda norteamericana al Sur y la presión sobre el Norte
se han acrecentado; en segundo lugar, que en el Sur de Sudán se han descubierto
importantes yacimientos petrolíferos; y, en tercer lugar, que Estados
Unidos quiere dejar de depender del petróleo saudita. En estas circunstancias
se explica que Estados Unidos se haya implicado en una guerra civil "olvidada"
pese a su brutal coste de muerte y sufrimiento.
El
proceso de paz introducido por EEUU
Tras
el 11-S, Estados Unidos comenzó su mediación en el conflicto sudanés
patrocinando unas conversaciones en Suiza que condujeron a la declaración
de una tregua por seis meses en la región de los montes de Nubia (Sudán
central) en enero de 2002 y a un acuerdo de libre tránsito de la ayuda
humanitaria. Para verificar esta tregua se estableció una "misión
conjunta de supervisión" (en la que también participa Francia).
El alto el fuego en los montes de Nubia se renovó por otros seis meses
en junio de 2002 (hasta el 19 de enero de 2003). En diciembre se ha pactado
una nueva prórroga de otros seis meses adicionales.
Poco
después, EEUU patrocinó unas conversaciones de paz entre las partes
que comenzaron en junio en Machakos, cerca de la capital de Kenya, Nairobi.
Estas negociaciones están enfrentándose a numerosos obstáculos,
cuyo denominador común es que son empleados por las partes con el objetivo
de reforzar sus posiciones de cara al futuro. Las negociaciones entre el gobierno
de Sudán y el MPLS concluyeron en su primera fase con la firma de un
importante protocolo de acuerdo el 20 de julio (Machakos I). El protocolo de
acuerdo de paz firmado por el presidente sudanés, Omar Al Bashir, y el
líder de la guerrilla sureña (el Ejército de Liberación
del Pueblo de Sudán, SPLA), John Garang, estableció un alto el
fuego, el compromiso de negociar una nueva organización política
en Sudán y un referéndum de autodeterminación. El acuerdo
también suponía el compromiso de abrir un período transitorio
de 6 años antes del referéndum, durante el cual la estructura
política de Sudán va a cambiar notablemente. Entre otras cosas,
en ese tiempo el Sur va a contar con un Estatuto de autonomía y la sharia
(ley islámica) no se aplicará en esta zona. Pasados esos seis
años, en el Sur se celebrará un referéndum de autodeterminación
en el cual se podrá escoger entre continuar integrados en Sudán
o crear un nuevo Estado independiente.
Como
consecuencia de este primer acuerdo, el 12 de agosto se reanudaron las conversaciones
para configurar la forma política del Sudán durante el período
transitorio de 6 años. Se propuso, en este sentido, que el Ejecutivo
siguiese presidido por el actual presidente sudanés, Omar Al Bashir,
y que actuase como vicepresidente el jefe del SPLA, John Garang. Por lo que
se refiere al Parlamento, se planteó que el actual legislativo siguiese
funcionando en los próximos 18 meses, si bien a los 40 diputados del
Sur que actualmente se hallan presentes en una Cámara de 360 miembros,
se les sumarían otros 183 representantes del SPLA. Después de
estos 18 meses, previsiblemente se conformaría un parlamento bicameral
de corte federal.
El
acuerdo de Machakos I se puso en peligro cuando se reanudaron los combates,
ya que las partes quisieron ocupar las zonas más ricas en petróleo
en el Alto Nilo. El 31 de agosto, los rebeldes (apoyados por Eritrea, país
prooccidental) se apoderaron de Torit, importante guarnición que vigila
el nudo de comunicaciones que conduce a Juba, el cuartel general de las fuerzas
gubernamentales en la región, pero Khartum recuperó la ciudad
el 7 de octubre. Desde el 17 de octubre de 2002 se restableció el alto
el fuego en todo el territorio.
Las
presiones norteamericanas sobre Khartum se incrementaron. El 21 de octubre,
el presidente Bush firmó la Ley para la Paz en Sudán (Sudan Peace
Act). En virtud de la misma, para presionar al gobierno de Khartum a que negocie
la paz, se permite la adopción de medidas ciertamente disuasorias: bloqueo
de los ingresos por la venta de petróleo y de los préstamos multilaterales,
embargo de armas, reducción de vínculos diplomáticos, congelación
de haberes de sociedades sudanesas en los Estados Unidos y, sobre todo, financiación
de las fuerzas rebeldes con 100 millones de dólares anuales en los tres
próximos años. Ciertamente, algunas de esas medidas pueden ser
prácticamente simbólicas (como la congelación de haberes
de sociedades sudanesas en Estados Unidos, ya que no existen) o de escasa operatividad
(como el bloqueo de ingresos por venta del petróleo y de los préstamos
multilaterales, que sólo es posible si están implicadas empresas
norteamericanas), pero la eficacia de estas medidas podría llegar a ser
relevante si se aplica el criterio de la ley Helms-Burton: perseguir en Estados
Unidos a las empresas que comercien con el petróleo sudanés.
Bajo
esta presión no puede extrañar que poco después, el 26
de octubre, se llegara a un segundo acuerdo en virtud del cual se eliminaban
todas las restricciones para la ayuda humanitaria (que se encaminaba a lugares
hasta ahora de acceso prohibido) a las poblaciones víctimas del hambre,
la desnutrición y la malaria. El acuerdo beneficiaba al Norte, pues el
MPLS ponía así fin a la actividad bélica que obstaculizaba
las operaciones de extracción y transporte en algunos puntos del Sur
controlados por el gobierno sudanés. Pero también beneficiaba
al Sur, ya que se eliminaban todas las restricciones a la ayuda humanitaria,
que según el gobierno de Khartum servían también para el
aprovisionamiento de armas a los rebeldes.
El
proceso ha continuado con un nuevo acuerdo parcial, el tercero, en Machakos,
el 18 de noviembre. En virtud del mismo, se declara el alto el fuego hasta marzo
de 2003, se pacta un reparto de las riquezas del país (aunque sin determinar
la cuota que corresponde a cada parte) y se adquiere el compromiso de continuar
las conversaciones el 6 de enero de 2003 para llegar a un acuerdo definitivo.
Simultáneamente, en Heidelberg se llevó a cabo un coloquio (o
negociaciones "técnicas") para reflexionar sobre el nuevo marco
constitucional aplicable en Sudán, concluido a mediados de diciembre.
Quedan,
no obstante, importantes puntos sin determinar. Políticamente, el Sur
ha solicitado una presidencia rotatoria del país: los tres primeros años
del período transitorio, el presidente sería Omar Al Bashir y
los tres siguientes, Garang. En caso de que se rechace la presidencia rotatoria,
el Sur reclama una copresidencia, en la que Garang, teóricamente vicepresidente,
tenga veto sobre las decisiones del presidente. Económicamente, mientras
el Norte ofrece al Sur sólo el 10% de los ingresos petrolíferos,
el Sur ha declarado que no aceptará menos del 60%, ya que casi todos
los yacimientos están en el sur.
Contrapresiones
de la Liga Árabe y de Francia
Las
fortísimas presiones que emplea Estados Unidos sobre el gobierno sudanés
han incomodado seriamente a éste, que piensa que la gran potencia norteamericana
ya ha tomado partido por los rebeldes del Sur y que en realidad no pretende
otra cosa que dividir el país. De hecho, a comienzos de diciembre de
2002, los rebeldes sudistas han anunciado que van a emitir su propia moneda
en competencia con la libra sudanesa acuñada por el poder central en
Khartum. En la región sur, incluso se está generalizando la expresión
"Nuevo Sudán" para denominar a este territorio como algo distinto
del Sudán del Norte. Para hacer frente a la tremenda presión norteamericana
en apoyo de los rebeldes del Sur, el gobierno sudanés árabe está
intentando encontrar aliados a su causa. Hasta ahora, se han puesto de su lado
Francia y la Liga Árabe.
El
interés de Francia por Sudán es anterior al 11-S. Una delegación
del Senado francés emprendió una visita al país del 6 al
12 de junio de 1998 tras la cual redactó un interesante informe. Francia,
en una tradición que se puede remontar a los tiempos del emperador Carlos
V, no ha dudado en aliarse con los países musulmanes cuando no ha podido
liderar el bloque occidental. De ahí que los gobernantes sudaneses estén
intentando implicar a Francia, el país europeo con relaciones más
estrechas con el Irak de Saddam Hussein, para contrarrestar el apoyo de Estados
Unidos al Sur. El vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores francés
dijo el 13 de diciembre que Francia reforzará su implicación en
el proceso de paz sudanés, ya que el asunto es "importante".
Esa implicación se produce del lado de Khartum: entre finales de noviembre
y principios de diciembre, Francia envió a su diplomático Christian
Connan a la capital sudanesa para asesorar al gobierno sobre las garantías
internacionales que acompañarán al tratado de paz que se está
discutiendo. Francia también estuvo representada en el coloquio de Heidelberg
por el jurista Remy-Granger. Y el 18 de diciembre, el ministro de Relaciones
Exteriores francés se entrevistó en París con Gazi Salaedín
Atabani, consejero del presidente sudanés.
Por
su parte, la Liga Árabe en la cumbre de Beirut de marzo de 2002 decidió
la creación de un fondo especial de 450 millones de dólares para
la reconstrucción del Sur sudanés. Sin embargo, la Liga Árabe
aún no ha recibido ni una sola contribución de los países
miembros. El secretario general de la Liga Árabe, Amr Musa, ha nombrado
a un enviado especial personal suyo en Sudán, Nadia Makram-Ebeid, para
mantenerse al tanto de la evolución del conflicto. Por otra parte, en
diciembre se convocó una mesa redonda en la que participaron el ministro
sudanés de Relaciones Exteriores, Alí Amín Fatak, los representantes
de nuevos organismos árabes e islámicos de ayuda al desarrollo
y el secretario general de la Liga. El objetivo era discutir los diversos proyectos
de desarrollo en el Sur presentados por Khartum. En esta reunión se decidió,
el 19 de diciembre, contribuir a la reconstrucción del Sur con el objetivo
de ayudar a sus ciudadanos a creer en un Sudán unido.
¿Un
modelo para el Sáhara Occidental?
Las
consecuencias del eventual acuerdo definitivo de paz no sólo afectan
a Sudán, con la importancia que ello supone, al ser el país más
extenso de África. Las consecuencias del final de la guerra sudanesa
son de un alcance mucho más amplio, pues afectan a Egipto, al mundo árabe
y a África en general. Pero de esas posibles consecuencias, las que más
interesan a España son las que podría tener sobre el conflicto
del Sáhara Occidental.
En
primer lugar, el acuerdo afecta a la región del Nilo y, en especial,
a Egipto, que no lo ve con buenos ojos. El Cairo firmó un tratado con
Sudán en 1959 sobre la explotación de las aguas del Nilo, por
el que Sudán se beneficia de 19’5 millones de litros cúbicos
anuales, mientras que Egipto lo hace de 55’5 millones. En caso de que el
Sur se constituya en un nuevo Estado, este reparto de las aguas tendría
que replantearse de nuevo y, muy probablemente, Egipto recibirá un volumen
de agua menor.
En
segundo lugar, el acuerdo de paz patrocinado por Estados Unidos no ha sido bien
recibido en el mundo árabe, por cuanto supone la pérdida de un
espacio importante de influencia que facilita la penetración de la civilización
árabo-islámica en el África negra. Un Sur sudanés
independiente aislaría a los musulmanes de Etiopía, Uganda y Kenya
del contacto con los fundamentalistas sudaneses. Para valorar la importancia
de este aislamiento no está de más recordar que Al-Qaeda ha operado
varias veces en Kenya.
En
tercer lugar, finalmente, el posible acuerdo de paz en Sudán también
proyecta sus consecuencias sobre otros conflictos de África, en especial,
el del Sáhara Occidental. La pretensión anexionista de Marruecos se ha
intentado argumentar con dos ideas: la de la consecución de la "estabilidad"
en el Magreb y la de impedir la "balcanización" de la región.
La primera se ha demostrado muy poco creíble, pues resulta un sarcasmo
que Marruecos pretenda anexionarse el Sáhara so pretexto de asegurar la "estabilidad"
en el Magreb, al mismo tiempo que está desestabilizando la zona con una
política expansionista y agresiva hacia España (invasión
de Perejil, reclamaciones sobre Ceuta, Melilla, islotes españoles, aguas
canarias) y hacia Argelia (reclamación sobre el sudoeste argelino).
Ahora Marruecos se aferra a la segunda idea, la de evitar la "balcanización"
de la región. Dejando al margen el hecho de que Marruecos apoyó
diplomática e incluso militarmente a Bosnia, la decisión de Estados
Unidos de favorecer la creación de un nuevo Estado africano, no susceptible
de ser dominado por el integrismo islámico, para explotar las riquezas
petrolíferas de la zona podría dar lugar a pensar que Estados
Unidos no vería mal la creación de un nuevo Estado en la costa
atlántica africana. Un nuevo Estado, el Sáharaui, que por la idiosincrasia
y la trayectoria del Polisario no caería en manos del integrismo islámico,
ese mismo integrismo que cada vez se muestra más poderoso en Marruecos.
Estados Unidos patrocinó la anexión del Sáhara por Marruecos en
abril de este año en la ONU. El cambio de posición de Estados
Unidos a finales de julio, con la aprobación de la resolución
1429 enterrando el "acuerdo-marco", esto es la anexión, y proclamando
nuevamente el derecho a la autodeterminación del pueblo Sáharauí
podría entenderse mejor desde la clave de lo ocurrido en Sudán.
Esta política de "particiones estratégicas" que parece
que se pretende aplicar en Sudán no sólo puede tener repercusiones
en el Sáhara Occidental, sino que pudiera también proyectarse en otros
escenarios como Irak o incluso la península arábiga.
¿Un
modelo de gestión frente al integrismo islámico?
El
proceso de paz en Sudán es una de las consecuencias más importantes
de la nueva política exterior norteamericana después del 11-S.
Este proceso parece revelar una nueva estrategia norteamericana para resolver
ciertos conflictos que afectan a países árabo-musulmanes con componentes
étnicamente diversos consistente en aislar el "virus" o peligro
islamista, separando territorios poco susceptibles de sufrirlo para así
dejar a salvo intereses importantes para Estados Unidos (mayormente petroleros).
No parece casual que en los círculos del poder norteamericano se barajen
fórmulas de partición de Irak o de Arabia Saudita.
En
el caso de Irak, por primera vez desde la primera guerra mundial la existencia
de un Kurdistán independiente o semiindependiente puede ser de interés
para Estados Unidos, ya que alberga grandes yacimientos petrolíferos.
No obstante, esta propuesta se enfrenta con la hostilidad de Turquía,
tradicional aliado de Estados Unidos. Sin embargo, el interés de Estados
Unidos puede pesar más que esa alianza, que por lo demás se pondría
a prueba con una medida como ésta.
En
el caso de Arabia Saudita, la cada vez más clara implicación del
régimen saudita en la financiación e incluso organización
del terrorismo islámico y, sobre todo, de la ideología que lo
sustenta, parece llevar a la idea de que las inmensas reservas petrolíferas
sauditas no pueden estar controladas por un régimen tan poco fiable.
De ahí que algunos estrategas de Washington hayan presentado propuestas
para dividir el país creando un nuevo Estado, inmunizado desde el principio
frente al virus islamista, que custodiaría una parte de esas reservas
petrolíferas tan deseadas.
El proceso de paz en Sudán no sólo tiene interés por afectar
al país más extenso de África, sino porque puede ser un
modelo de gestión de otros conflictos en los que España está
afectada, como el del Sáhara Occidental y el del Golfo. Si aceptamos que es
de interés nacional de España un Sáhara independiente (por razones
político-estratégicas, económicas, sociales y culturales)
parece claro que España debe apoyar diplomáticamente los esfuerzos
norteamericanos, ya que tanto el modelo de solución del conflicto como
la propia opción de la partición del Sudán que parece preconizar
Estados Unidos podría tener una importante repercusión en el conflicto
del Sáhara Occidental. Si consideramos que España también tiene
interés en un suministro estable de petróleo por los países
productores del Golfo, nuestra diplomacia también debería prestar
la necesaria atención al proceso de paz en Sudán.
La fuente: Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales
y Estratégicos (www.realinstitutoelcano.org)
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