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Por los chicos

Mulay Hicham
Príncipe marroquí, tercero en la línea de sucesión
Ultima Actualización: 01-01-2000
Nacido como Mulay Hicham Ben Abdullah El Alaoui.

Mulay Hicham

Moreno, con barba de varios días, suele usar vaqueros gastados y chaqueta de cuero, como si acabara de bajar de una Harley-Davidson. Se llama Mulay Hicham Ben Abdullah El Alaoui y es el tercero en la línea de su sucesión del trono de Marruecos. En 1996 firmó un artículo en Le Monde Diplomatique pidiendo una reforma de la monarquía. La crítica terminó a fines de enero de 2002. «El servicio de seguridad quiso involucrarme en un complot militar», explica Mulay Hicham, cuya odisea ha sido relatada con gran escándalo en la prensa francesa y marroquí. Desde entonces vive en los Estados Unidos.

Mulay Hicham es nieto, por el lado paterno, del rey Mohammed V, que consiguió la independencia para Marruecos, colonizado hasta 1956 por España y Francia. Su abuelo materno fue el primer ministro libanés Riyadh Assolh, otro gran líder nacionalista árabe. «Sé que doy la impresión de ser mandón y consentido, pero no es verdad. Soy muy tímido y en ocasiones inseguro», protesta en un inglés neoyorquino aprendido de niño en el colegio americano de Rabat.

Su madre, la decidida Lamia Assolh, lo sacó del Colegio Real en contra de la voluntad de su tío, Hassan II. Mulay Hicham acabó estudiando en la prestigiosa Universidad de Princeton, a diferencia de sus primos, Mohamed VI y Mulay Rachid. «Cada persona tiene su propia trayectoria», explica el príncipe, que se muestra muy reticente a hablar de la familia real. «Mi niñez fue muy saludable. Crecí muy cerca de mi familia, y guardo un recuerdo entrañable de ella. Pero recibí una educación bastante independiente. Debido a las circunstancias. Mi padre siempre estuvo muy enfermo. No lo sé. Es la vida».

Su padre, Mulay Abdullah, hermano menor de Hassan II, murió cuando él tenía 19 años. En julio de 1999, tras el cambio dinástico y en el inicio de la primavera marroquí, muchos pensaron que los primos, de casi la misma edad, formarían el tándem perfecto para modernizar el país. No fue así. Mulay Hicham y Mohamed VI, también conocido como M-6, dejaron de hablarse.

«Ese verano -explica- se produjo una de esas aperturas que se dan muy de vez en cuando en la Historia. El problema con ese tipo de situaciones es que si esperas demasiado pierdes el momento histórico. Eso es lo que le ha pasado a Marruecos: ha perdido una gran oportunidad histórica de convertirse en una democracia. A finales del año pasado he llegado a esa conclusión. Ahora, el equilibrio es más difícil».

Alejado de la vida de la Corte, dice que no la echa de menos: «El serrallo es un sistema basado alrededor de una persona, lo que da lugar a la formación de clanes y a las habladurías». Pero le duele tremendamente lo ocurrido: «Soy musulmán, soy oriental, y la familia significa mucho para nosotros. Haber sido extraído de todo eso es muy duro para mí, pero es el precio que he tenido que pagar. Creo profundamente en lo que digo, en las ideas que defiendo».

Mientras tanto, en Princeton, Mulay Hicham, su mujer y sus dos hijas pequeñas se han convertido a la vida norteamericana: barbacoas los domingos y paseos por el parque, algo que no había hecho en los dos últimos años: «La vida de la Corte supone mucha tensión malsana. Me siento aliviado. Ahora tengo que descansar. Quiero poner distancia por medio».

Según Le Monde, su padre, Mulay Abdullah, el hermano menor del ex rey Hassan II, prefirió los negocios a la política. Su hijo heredó una gran fortuna, pero prefiere que se lo describa como «rico» y no como «millonario». ¡Sus negocios? Inmobiliarios y agrícolas en Marruecos, electrónicos en Hong Kong y de energía renovable en la India.

En 1994 donó seis millones de dólares al Instituto Arabe de Princeton. Con la Fundación Carter, ha trabajado en Palestina, Nigeria y para las Naciones Unidas en Kosovo. ¿El Príncipe Rojo? «En absoluto. Soy moderado, y creo que la mayoría de los marroquíes me entiende.Es la minoría que tiene el poder y las conexiones con el Palacio, la que se hace oír. Pero mis ideas no se van a ir de la mesa simplemente porque yo me haya ido a Estados Unidos. Siguen ahí, y no se van a marchar hasta que se enfrenten a ellas».

La fuente: datos obtenidos de un artículo de Ana Romero, en El País (www.elpais.es)

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