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Por los Chicos

Kateb Yacine
Poeta, novelista y dramaturgo argelino
Ultima Actualización: 01-01-2002
Lugar de nacimiento: Constantina
( 6/8/1929  -  28/10/1989 )

Kateb Yacine, hombre de letras y de lucha

Por Manuel Suárez Rosales

El 28 de octubre de 1989 fallecía en un hospital de Grenoble (Francia), víctima de leucemia, Kateb Yacine (pronúnciese «Yasín» ), una de las figuras cimeras de la literatura argelina, en particular, y de las letras africanas de expresión francesa, en general. Tres días más tarde, el 1º de noviembre, aniversario del desencadenamiento en 1954 de la revolución independentista argelina, sus restos mortales eran inhumados en el cementerio El-Alia, en las afueras de Argel. Había nacido, el 6 de agosto de 1929, en Constantina, la antigua Cirta de los reyes númidas.

Poeta, novelista y dramaturgo en lengua francesa y en árabe argelino, Kateb Yacine, que siempre firmó sus libros colocando primero su apellido y después su nombre en recuerdo de la manera en que era llamado en la escuela primaria (se llamaba en realidad Yacine Kateb), ha sido reconocido como el padre de la literatura norteafricana en lengua francesa. Él fue quien inauguró en Mazigia, casi simultáneamente, todos los géneros: la poesía, el teatro y la novela, y así lo han reconocido tanto los escritores argelinos como los marroquíes. Abdallah Laroui, en su impugnación de la literatura mazigia en lengua francesa, que desacredita por folclorizante, insignificante y periférica en relación a lo universal, salva únicamente la obra katebina. Sólo Kateb Yacine escapa totalmente a esta desvalorización , ha dicho. Por su parte, Abdelkébir Khatibi lo considera nuestro mejor escritor. El también marroquí Tahar Ben Jelloun, premio Goncourt 1987, escribía recientemente, tras la muerte de Kateb Yacine, que éste «es el escritor magrebí más poderoso, cuya obra trasciende las fronteras locales para alcanzar dimensión universal», añadiendo a continuación «fue también un hombre popular, es decir, próximo a su pueblo, viviendo desde dentro las preocupaciones del mismo y expresando mediante la escritura -la poesía, la novela- y la palabra -el teatro- sus aspiraciones profundas»

UNA OBRA ORIGINAL ENRAIZADA EN ARGELIA

Caracterizada por su gran originalidad, y profundamente enraizada en el paisaje, la humanidad y la historia de Argelia, la obra de Kateb Yacine, en la que en ocasiones se entremezclan los tres géneros literarios que cultivó, está inspirada por el profundo y obsesivo, amor que profesó a su prima Nedjma, casada con otro y que en su obra llega a simbolizar a Argelia, y por la experiencia de la lucha por la independencia de su país (en la vida de este autor hubo una fecha decisiva: el 8 de mayo de 1945, día de la celebración oficial de la victoria aliada sobre Alemania, en que se produjeron en Argelia contramanifestaciones independentistas, sangrientamente reprimidas por los franceses). Detenido y encarcelado en Setif tras las célebres masacres perpetradas por el ejército francés en 1945 contra los patriotas argelinos, y excluido de la enseñanza secundaria por su participación en la contramanifestación setifeña de dicho año, Kateb Yacine, que a la sazón contaba dieciséis años de edad, entró desde entonces definitivamente en rebeldía contra el orden colonial.

Kateb Yacine se inició en la carrera literaria con Soliloquios, poemario publicado en 1946. Dos años más tarde apareció en el «Mercure de france» Nedjma o el poema del cuchillo, embrión de sus siguientes libros, y fueron anunciados «en prensa» sus Poemas de la Argelia oprimida, que quedaron inéditos en un cuaderno escolar. La publicación en la revista francesa «Esprit» de El cadáver rodeado (1954), tragedia conocida también por el título de La mujer salvaje, supuso su reconocimiento como gran autor. En 1956 apareció Nedjma, novela que lo catapultó a la fama y de la que dijo que había escrito «para mostrar a los franceses lo que era Argelia». Luego, en 1959, fue publicada la tetralogía teatral del Círculo de las represalias (El cadáver rodeado, La pólvora de la inteligencia, Los antepasados recrudecen su ferocidad y el poema dramático El buitre), serie de piezas concebidas, en frase del propio autor, como «una única obra de gran aliento, siempre en gestación». En 1966 salió a la luz El polígono estrellado, libro sorprendente en que se entremezclan poesía, teatro y novela. El hombre de las sandalias de caucho, pieza teatral basada en la guerra de liberación vietnamita y cuyo héroe principal es Ho Chi Minh, apareció en 1970. Al año siguiente fue representada por primera vez, en árabe argelino, Mohammed, coge tu maleta, y en 1972 fue estrenada, en francés, La voz de las mujeres. En 1975 Kateb Yacine volvió al teatro en árabe argelino con La guerra de los dos mil años, obra en una de cuyas escenas aparece, entre las demás banderas del Africa mazigia, o «bereber", la enseña nacional canaria (1). Palestina traicionada, también pieza teatral, apareció en 1976. Sus últimos textos dramáticos son una pieza sobre Nelson Mandela, que dos años antes de su muerte Kateb leyó en público en París, en la «Fête de l'Humanité», y otra sobre Robespierre y la Revolución francesa, representada en Avíñón poco antes de su desaparición física.

De toda la producción de Kateb Yacine, destaca Nedjma («Estrella» en árabe, nombre de la mujer amada, convenida en símbolo de Argelia), su obra maestra. Considerada una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX, esta novela continúa ejerciendo, por su factura y sustancia, enorme influjo sobre las nuevas generaciones de escritores norteafricanos.

Fundador, no sólo en el plano formal, sino también lingüístico, de la literatura mazigia contemporánea en lengua francesa, Kateb Yacine, al abordar su teatro en árabe argelino, de vocación política, osó «hacer el milagro de amalgamar armoniosamente, como lo hace el pueblo mismo, la aportación de tres dimensiones lingüísticas: la árabe, la francesa y la mazigia en un teatro popular que se dirige directamente al hombre de la calle. Así la oralidad es recuperada en el campo de la escritura por creación popular». (Hedi Bouraoui).

AUTOBIOGRAFÍA EN PLURAL

Según el propio Kateb, su obra anterior a ese teatro suyo en árabe argelino es «una autobiografía en plural», estando acumulada en ella su propia experiencia y la de sus amigos. «En todo caso está claro que en la misma se recogen muchas aventuras del propio poeta, desde los fumaderos de hachís en la fonda de la calle Perrégaux, en Constantina, con las divagaciones oníricas y las alucinaciones bajo el imperio del alcohol en el barranco Rhummel, hasta la búsqueda de trabajo en Francia» (Jean Déjeux). Los elementos autobiográficos son, pues, numerosos en gran parte de la obra katebina, pero los dramas e incidentes recogidos en la misma son los de Argelia, no los de unos argelinos.

Por su azarosa existencia de escritor errante, así como por su costumbre de escribir a veces bajo el efecto de los alucinógenos, algunos críticos han comparado a Kateb Yacine con Rimbaud. Empezando por su propio país, el escritor argelino se lanzó a recorrer el mundo a su salida de la cárcel, adonde había ido a parar tras su detención durante la efervescencia independentista de mayo de 1945. Después de haber realizado dos viajes a Francia, Kateb entró en la redacción del periódico anticolonialista «Alger Républicain», de la que a la sazón formaba parte el escritor Mohammed Dib viajando durante algún tiempo por el Oriente, hasta Tashkent, como reportero. En 1951 volvió una vez más a Francia con la intención de consagrarse a la literatura. En el Mediodía francés, durante algún tiempo, se ganó el sustento trabajando en la recolección de papas. Después comenzó a hacer auto-stop los fines de semana para llegar a París, trabajando entretanto de peón agrícola, de peón de albañil o de ayudante de electricista para poder subsistir y enviar algún dinero a su familia. Una vez en la capital francesa, consiguió una habitación de hotel gracias a Issiakhem, un pintor argelino que había conocido poco tiempo antes, y se inscribió en una escuela de formación profesional para aprender el oficio de soldador, pero poco a poco fue dejando de asistir a las clases para poder dedicar más tiempo al trabajo literario. Rodeado de un pequeño círculo de amigos, dejó de buscar cualquier tipo de trabajo asalariado para encerarse en buhardillas o en cuartuchos de hoteles miserables y allí vivir por y para la obra futura.

Después de la publicación de Nedjma, y tras un registro practicado por la policía en su habitación, Kateb tomó, según su propia expresión, «el camino del exilio», marchando a Italia, donde el editor Feltrinelli, de Milán, se disponía a publicar dicha novela. Hacía dos años que había estallado la guerra de la Independencia de Argelia.

De Italia, el escritor argelino pasó a Tunesia, donde se iba a poner en escena El cadáver rodeado. Allí trabajó en el periódico «Afrique Action», de Túnez, y dio conferencias que fueron muy bien acogidas por los estudiantes. Luego viajó a Alemania, donde tuvo la suerte de encontrar, en Bonn, a un amigo de la infancia que acababa de ser nombrado representante del FLN (Frente de Liberación Nacional argelino) en dicho país centroeuropeo. Posteriormente se desplazó a Yugoslavia, donde Nedjma acababa de ser traducida al servo-croata, encontrando trabajo en Radio Zagreb y en la prensa escrita yugoeslava. Más tarde, después de una segunda estancia en Tunesia, Kateb Yacine volvió a Italia para escribir, gracias al mecenazgo de Aldo Bruzichelli, El polígono estrellado. En Florencia se encontraba cuando, el !8 de marzo de 1962, se enteró por la prensa del alto el fuego en Argelia. Entonces pudo "volver a Francia y renovar sus documentos de identidad -había estado viajando con pasaporte marroquí-, tras lo cual, y después de diez años de ausencia, retornó a su país.

En 1963 Kateb Yacine recibió en la capital toscana el premio Jean Amrouche -nombre de un gran poeta kabilio en lengua francesa y de religión católica-, que se le otorgó en el Congreso Mediterráneo de Cultura. En 1967 viajó a Moscú y a Vietnam, regresando a Argelia en 1970, año en que se representó El hombre de las sandalias de caucho.

Tras diez años de exilio, a Kateb Yacine le resultó difícil readaptarse a vivir en Argelia. Durante algún tiempo hizo periodismo, tras lo cual volvió a salir del país. Regresó pronto, pero no por mucho tiempo. Después de varios retornos más a Argelia tras sus nuevas salidas a Francia, tiempo durante el cual tuvo nuevas y diferentes experiencias de trabajo -en la prensa escrita, en la radio e incluso en la televisión-, se encontró con Alí Zamum, en aquel entonces director de formación profesional del Ministerio de Trabajo argelino. Al ser informado por dicho funcionario de que se estaba ayudando a una «troupe» de jóvenes actores teatrales, Kateb cayó en la cuenta de que podría expresarse literariamente en árabe argelino. Tras ocho meses de intenso trabajo se estrenó Mohammed, coge tu maleta, pieza que alcanzó resonante éxito tanto en Argelia como entre los emigrados norteafricanos en Francia, siendo traducido seguidamente dicho texto teatral al mazigio, o «bereber». Dicho éxito tuvo como consecuencia inmediata que el Ministerio de Trabajo argelino incluyera en su presupuesto las actividades teatrales de Kateb Yacine y sus compañeros, gracias a lo cual, y a lo largo de cinco años, recorrieron Argelia representando diversas obras en árabe argelino y en francés.

La violencia y el radicalismo de los textos de Kateb Yacine denunciando la ideología araboislámica que los poderes político y religioso imponen al pueblo desde el momento mismo en que Argelia accedió a la independencia, hizo que nuestro autor tropezara cada vez con mayores dificultades para poder representar sus obras, sobre todo después de que el ministro que le apoyaba fuera sustituido. Un alto funcionario gubernamental llegó a escribir para la prensa que lo que verdaderamente significaba el título Mohammed, coge tu maleta era «profeta del Islam, mándate a mudar»... A pesar de lo infundado de tal afirmación, y con gran contento de los integristas musulmanes, se prohibieron las representaciones de dicha comedia.

NO SOMOS ÁRABES (...), SOMOS MAZIGIOS

Parafraseando a Ben Bella, quien, a su retorno a Argelia al término de la guerra de la lndependencia, había afirmado públicamente: «¡Somos árabes, somos árabes, somos árabes!», Kateb Yacine declaraba el 31 de diciembre de 1975 sobre el escenario del Teatro Nacional de la capital argelina, tras una representación de La guerra de los dos mil años: «¡No somos árabes, no somos árabes; somos argelinos!». Pero más tarde, en abril de 1981, un año después del estallido en Kabilia del movimiento reivindicativo por el reconocimiento oficial del mazigio y del árabe argelino, así corno de las culturas que ambas lenguas vehiculan, Kateb declaraba en un acto multitudinario celebrado en conmemoración de dicho levantamiento popular en la Universidad de Argel: «iNo somos árabes, no somos argelinos; somos mazi- gios!». Esta afirmación del escritor argelino se enmarcaba en la aspiraci6n de construir una Mazigia unida, idea que siempre defendió, pero no de un Gran Magreb araboislámico, sino de una Mazigia pluralista en los planos lingüísticocultural, religioso y político.

Kateb Yacine, que no hablaba mazigio, reivindicaba, incluso con agresividad, la lengua y la identidad mazigias. «Se habla del árabe, se habla del francés, pero se olvida lo esencial, eso que se ha dado en llamar bereber» , declaraba hace unos años a «L'Autre Journal», añadiendo: «Término [el de 'bereber'] falso, venenoso incluso, pues deriva de la palabra 'bárbaro'. ¿Por qué no llamar las cosas por su nobre? ¿Por qué no hablar de la tamazight, la lengua, y de amazigh ( ...)? Es preciso imaginar a este país en el tiempo de la Káhina... Ese también es un nombre que es preciso explicar, desmitificar. Ella se llamaba Dihya, una mujer que dirigía una confederación inmensa de tribus... Al igual que Nabile (pronúnciese «Nabíl»). Farés, novelista kabilio que, en Memoria del ausente evoca a Dihya (pronúnciese «Díhia», con /h/ aspirada) -la Káhina de los árabes-, figura de la resistencia mazigia a la invasión árabe del siglo VI, Kateb Yacine, en La guerra de los dos mil años evoca también a dicha reina del Aurás, símbolo de la resistencia mazigia a toda imposición extranjera. En dicha pieza, Dihya, refiriéndose a los conquistadores árabes, dice a su pueblo:

«Ellos me llaman Káhina, ellos nos llaman bereberes,

como los romanos llamaban bárbaros

a nuestros grandes antepasados africanos.

Bárbaros, bereberes, es la misma palabra apenas deformada. Como todos los invasores, ellos llaman bárbaros

a los pueblos que oprimen, pretendiendo civilizarlos.

Ellos nos llaman bárbaros mientras saquean nuestro país.»

y luego, dirigiéndose a los ca balleros árabes:

«Los bárbaros son los agresores.

En este país no hay ni Káhina ni bereberes».

En el prólogo que redactó justo antes de morir para un libro que acaba de ser publicado sobre el cantante kabilio Ayt Mangelat(2), Kateb Yacine, mostrándose una vez más acérrimo defensor de la lengua de sus antepasados -la tamazight, o mazigio, que era también la de los canarios precoloniales- dejó señalado que «Argelia ofrece el espectáculo de un país subyugado por la mitología de la nación árabe, pues en nombre de la arabización se reprime la tamazight». Y más adelante, en dicho prólogo, se lee: «la Argelia francesa duró ciento cuatro años. El araboislamismo dura desde hace ¡trece siglos! La alienación más profunda no es creerse francés, sino árabe. Ahora bien, no existe ni la raza árabe ni la nación árabe. Hay una lengua sagrada, la del Corán, de la que se sirven los dirigentes para ocultar al pueblo su propia identidad (...) Y como la ignorancia engendra el desprecio, muchos argelinos que se creen árabes -como algunos se creyeron franceses-reniegan de sus orígenes...».



LA TRIBU DE LOS OPRIMIDOS Y DE LOS REBELDES

En el ensayo Kateb el fundador, publicado en 1982 en la revista quebequense «Dérives» (núms. 31-32), la profesora Jacqueline Arnaud dice: «Kateb se muestra en principio como modelo interior, como el nómada, el rebelde, el insumiso que no aspira a poder alguno, sino al reconocimiento de su libertad, y que para protegerse se retira. Rechazo del discurso oficial como poder, del discurso teológico como poder, a los que se prefiere el discurso poético, que guarda relación con el ser, con la experiencia en los límites del amor y de la muerte, con el vértigo, o sea, el discurso del contrapoder, de la rebelión que corre clandestina como el hurón, que combate a los poderosos mediante la risa y la burla según la táctica en zigzag de Nube de Humo, el doble bufón de Keblut, filósofo subversivo que simula locura en la comedia satírica La pólvora de la inteligencia ( ...) Ciertamente la palabra del vértigo es loca. Y porque no tiene freno es por lo que alumbra sobre los deseos profundos de un cierto yo, porque rechaza los designios del poder, cualquiera que sea -incluso cuando en ciertos momentos el poeta, astutamente, parece aceptar una tregua-, se hace el «resonador» de los deseos profundos de quienes se rebelan porque sufren la opresión. La tribu de Kateb es la de los oprimidos y los rebeldes, y no es por casualidad si hoy en día el nombre que él da a este mito es Amazigh («hombre libre»). Deseo nómada, cuyo lugar se desplaza de la lucha anticolonialista a la lucha contra la ideología arabomusulmana convertida en discurso del poder. Mediante su voz es el arcaísmo que resurge, la barbarie/berbería que emerge». (En una nota a pie de página, J. Arnaud aclara: «Mohammed Dib titula una de sus últimas novelas Dios en Berbería, dando a esta palabra el sentido de espontaneidad popular, a la vez mística y social , y condenada por los agentes del aparato estatal como «barbarie». Se sabe que la voz «bereber» viene del griego barbaros y del latín barbarus, que en su origen designaba a quienes no pertenecían a la cultura dominante. De ahí el juego posible sobre las palabras barbarie/berbería»).

En la obra de Kateb Yacine, además de los históricos, también los elementos míticos fundamentan el descubrimiento de la memoria común del pueblo argelino, o de sus señas de identidad, que es lo mismo: «El vivir juntos nada significaba antes de descubrimos una memoria común», dice uno de los personajes de El cadáver rodeado. «El talento de Kateb», llega a decir el investigador y crítico literario Jean Déjeux refiriéndose al primer ciclo de los dos en que se divide la obra katebina, «es el haber fundado aquí la patria sirviéndose del mito a fin de reintegrarla en la historia. Tal es su mito de los antepasados en el origen de los tiempos, o de Keblut más cerca de nosotros, en una palabra: el del Fundador. Como todo mito, se trata de una historia secreta en los tiempos fabulosos de los comienzos. Gracias a los antepasados, los únicos personajes verdaderamente simbólicos de la obra a decir de Kateb, la nación comenzó a nacer y a existir. La imaginación creadora considera esta historia como «verdadera» puesto que la misma se refiere a realidades y, además, la existencia de Argelia está ahí para probarla».

El profesor Déjeux, reflriéndose siempre al primer ciclo de la obra katebina, impregnada de un fuerte sentimiento anticolonialista, señala así mismo que .El rival del Fundador es el Conquistador. La rival de la nación ocultada es la madrastra (o «mala madre»), la madre-araña (...) Francia, puta, pero también amante o madre embaucadora y captadora en la que se busca protección, pero que se revela posesiva y castradora. Ella arrulla con sus cantos de sirena; es preciso, pues, huir rápidamente de ella si se quiere sobrevivir a la despersonalización o escapar del ...

La libertad está «en el camino de retorno al claustro materno» (¡Kateb!). Infidelidad del argelino que abandona a su madre, Argelia, por la madrastra. Ahí residen la desviación y la inversión de los valores ancestrales y patrióticos. Es preciso, pues, retomar al centro, al refugio y al círculo de la tierra natal. Negación y despliegue, atracción del Otro y fidelidad a sí mismo, deseo del Otro y deseo de sí mismo, tal es la eterna alternancia de El polígono estrellado.

«Los antepasados están satisfechos desde que hemos descifrado su mensaje, fundido sus cadenas, vivido su delirio y velado su sueño. Los fantasmas ya no tienen por qué levantar la cabeza. Los antepasados están satisfechos» , dice el corifeo de Los antepasados recrudecen su ferocidad al final de la obra. Descifrado el mensaje ancestral, recuperada la memoria común, la voz del pueblo puede unirse a la de Thieu Thi Trinh en El hombre de las sandalias de caucho: «Quisiera cabalgar el viento, batir las olas feroces y enrojecer el océano con la sangre de todos esos monstruos. ¡Ah! ¡Arrojar al enemigo! ¡Salvar al pueblo de la esclavitud!». La voz poderosa de Kateb Yacine se une al coro de los que, en todos los países sometidos, contribuyen a elevar la conciencia patriótica del pueblo luchando contra la opresión nacional; una voz mazigia de amplitud universal que jamás se extinguirá.



(1) La bandera de Canarias que se utilizó en las primeras representaciones de La guerra de los dos mil años se la proporcionó a Kateb, a petición de éste, Antonio Cubillo. Ambos se habían conocido personalmente en Argel.

(2) Ait Meguellet chante... Chanson berberes contemporaines, de Tasadit Yacine. (Edición bilingüe mazigio- francés). Coedición «La Découverte- Awal. París. 1989.

La fuente: Diario de Canarias (www.diariodecanarias.com)

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