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Por los chicos

Mohammed Mursi Isa al-Ayat
Presidente de Egipto (2012-2013)
Ultima Actualización: 05-07-2013
Lugar de nacimiento: Edwa
( 20/8/1951  -   )

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El 3 de julio de 2013, al año de asumir la Presidencia de Egipto, el islamista Mohammed Mursi fue derrocado por el Ejército, el mismo del que recibió el poder. El movimiento castrense, un golpe de Estado en toda regla, se produjo en el cuarto día de unas gigantescas protestas populares en demanda de la dimisión del mandatario, acusado de autoritarismo, de mala gestión y de pretender imponer una agenda islamizadora, y 48 horas después del ultimátum lanzado por los generales.

El drástico final del Gobierno de Mursi y los Hermanos Musulmanes, que poseían una legitimidad electoral incontestable pero que han terminado sucumbiendo a la presión combinada de la sociedad civil secular y las Fuerzas Armadas, certifica el estrepitoso fracaso de la transición democrática abierta en 2011 tras la Revolución de Tahrir y la caída del régimen de Hosni Mubarak. Al cabo de dos años perdidos, deshecho el marco institucional y cientos de muertos que lamentar, Egipto, más dividido y maltrecho que nunca, se dispone a emprender sin Mursi un nuevo y sumamente incierto proceso constitucional, arbitrado otra vez por los militares, eternos directores de la política nacional, y con los Hermanos Musulmanes, la mayor fuerza política del país, abocados a la represión.

El triunfo de Mohammed Mursi, el candidato de los Hermanos Musulmanes, en las elecciones presidenciales de mayo y junio de 2012 dio un desenlace hasta cierto punto paradójico al alzamiento popular que destronó a Mubarak. Por de pronto, supuso una mudanza histórica de poder de naturaleza democrática y visó el cambio de régimen, con todas las implicaciones internas y regionales que el hito conllevaba, tras año y medio de tortuosa transición política. Pero los vencedores en las urnas, pese a su potente arraigo social, no fueron los protagonistas de aquel levantamiento que asombró al mundo, obra principal de un movimiento juvenil no confesional que ahora vio el colofón a sus esfurerzos con un sentimiento de decepción. Como en Túnez, los islamistas egipcios ni iniciaron la protesta ni fueron luego la punta de lanza de la revolución, pero se convirtieron en sus grandes beneficiarios políticos.

El nuevo hombre fuerte de Egipto no lo era tanto en el sentido de que pertenecía a una organización donde la colectividad cuenta más que los individuos. Además, llegó al cargo de manera bastante azarosa e insospechada, partiendo de un cuasi anonimato y beneficiándose de la renuncia (El Baradei), la descalificación legal (el candidato original de la Hermandad, Jairat El Shater) o el desfondamiento de otros aspirantes que podían hacerle sombra. Al final, Mursi, concurriendo en nombre del partido creado por los Hermanos, el de la Libertad y la Justicia (PLJ), y alcanzando para su robusta y paciente agrupación, tras 84 años de andadura, 57 de ilegalidad y 27 de semitolerancia electoral intercalada con olas de persecución, la meta trazada desde que renunció a la vía subversiva, se impuso en la segunda vuelta y por escaso margen al último primer ministro de Mubarak, Ahmad Shafiq, exponente del aparato del anterior régimen.

Mursi, un doctor en ingeniería formado en California, transmitía la imagen típica de los dirigentes de la cofradía-movimiento del Islam sunní, cuyo espíritu sigue siendo coránico y panislamista: cultivado, piadoso, conservador, austero, grisáceo y sin carisma apreciable. En vísperas de la revuelta de Tahrir había respaldado la plataforma opositora del moderado El Baradei antes de adherirse sobre la marcha a la algarada contra Mubarak, aunque no jugó un papel reseñable en la misma. En los turbulentos meses que siguieron a la caída del autócrata, trufados de episodios de violencia política y religiosa, los islamistas practicaron una connivencia tácita con la junta militar del mariscal Tantawi, engañoso regente de la transición, para sacar adelante la mini Constitución provisional y celebrar entre noviembre de 2011 y enero de 2012 unas elecciones legislativas, las cuales fueron ampliamente ganadas por el PLJ y sus aliados.

La frialdad de los Hermanos, no obstante ensalzar el sacrificio de los revolucionarios, frente a los desmanes represivos y las maniobras políticas del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas fue muy criticada por los manifestantes laicos. Pero al aproximarse las elecciones presidenciales, las ambiguas relaciones entre los dos principales poderes fácticos de Egipto, con unos programas incompatibles, derivaron en un tenso antagonismo con visos de confrontación. El manifiesto electoral del PLJ incidía en la reducción de las desigualdades económicas y en la primacía efectiva de la Sharía, pero en armonía con la "mayoría parlamentaria" y con respeto a los derechos y libertades fundamentales. Mursi defendía el carácter civil del Estado, que no debía ser "ni militar, ni teocrático". Los Hermanos argüían que el debate secularismo versus religión carecía de sentido en Egipto.

Luego de tomar posesión el 30 de junio de 2012 como el quinto presidente de la República Árabe de Egipto y de nombrar un Gabinete dominado por tecnócratas, Mursi, prodigando palabras de conciliación y consenso, empezó a emitir decretos ejecutivos. Unos, como el despido de Tantawi y la invalidación de las enmiendas supraconstitucionales dejadas por los militares, fueron valorados en términos positivos para la democracia. En cambio, otros, como la autoconcesión de poderes con inmunidad judicial mientras durase la fase constituyente, pusieron en solfa su discurso garantista y soliviantaron a los sectores laicos y liberales, echados de nuevo a la Plaza Tahrir por lo que les parecía una reacción autoritaria del nuevo poder. El decretazo de Mursi, luego revocado, y el texto de la nueva Constitución, aprobado en referéndum, desataron una violenta contestación callejera en diciembre de 2012.

De cara al exterior, el Gobierno de Mursi se propuso devolver a Egipto el papel central que por razones históricas, geográficas y demográficas le correspondía en el tablero de Oriente Próximo. Su interpretación de este viraje entrañaba un alambicado juego diplomático a varias bandas, algunas tradicionales, otras nuevas: los mantenimientos del Tratado de Paz con Israel y de la abultada ayuda económica de Estados Unidos; los tratos especiales con los palestinos de Hamas en Gaza; el combate a las partidas alqaedistas del Sinaí; y una compleja relación triangular con Arabia Saudí (wahhabíes) e Irán (shiíes) en la que confluía una trama de intereses religiosos, políticos y estratégicos muchas veces contrapuestos. Ante la guerra civil de Siria, El Cairo se posicionó rotundamente del lado de los rebeldes y en contra del régimen baazista de Assad, con el que Mursi terminó rompiendo relaciones diplomáticas.

Al comenzar 2013, resultaba evidente que el Egipto de Mursi estaba tomando unos pésimos derroteros. La imparable polarización social, las manifestaciones casi diarias, los chispazos de violencia comunitaria, el rechazo de la oposición a las ofertas de diálogo del presidente y las advertencias del alto mando militar a los partidos civiles de que no iba a permitir que el país se hundiera en el caos alimentaron el temor a que el proceso político pudiera descarrilar. El estado de las finanzas públicas y la economía, calamitoso, era parejo al de la política. A principios de junio, la joven democracia egipcia alcanzó unas cotas insólitas de confusión y disfuncionalidad al declarar el Tribunal Constitucional ilegales la elección de la Cámara alta del Parlamento y la composición de la Asamblea Constituyente que había elaborado la Carta Magna; a estas alturas, la Cámara baja llevaba un año disuelta y las elecciones legislativas que debían haberla reactivado se encontraban pospuestas sine díe.

El 30 de junio, Tamarrud (rebelde), un movimiento cívico de repudio a Mursi que venía denunciando el sectarismo del Gobierno de los Hermanos, la degradación de las condiciones económicas y la impunidad de los abusos policiales, consiguió convocar a cientos de miles de de ciudadanos, convertidos en millones a las pocas horas, en El Cairo y otras ciudades con una única exigencia: la marcha inmediata del presidente. La campaña tenía el respaldo del Frente de Salvación Nacional, la coalición de partidos laicos y liberales coordinada por El Baradei. Al día siguiente, las Fuerzas Armadas dieron un ultimátum de 48 horas al oficialismo para que negociara con los manifestantes una salida de la crisis. Mursi rechazó la amenaza de los uniformados, pero su Gabinete empezó a desintegrarse. Los choques entre opositores y partidarios se cobraron las primeras víctimas.

El 3 de julio vencía el ultimátum militar y los hechos se precipitaron. Mursi ofreció un Gobierno de concentración, pero se negó a dimitir. La protesta popular alcanzó su punto álgido. Finalmente, el Ejército consumó la toma del poder con el despliegue de las tropas y el anuncio por el general al-Sisi, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, y flanqueado por Baradei y otros líderes civiles y religiosos, de la remoción de Mursi, quien fue detenido, la disolución del Parlamento, la suspensión de la Constitución y la designación del presidente del Tribunal Constitucional, Adli Mansour, como jefe de Estado interino, hasta la celebración de nueva elecciones.


Ingeniero y dirigente de los Hermanos Musulmanes

Oriundo de Ash Sharqiyah, una de las gobernaciones del delta del Nilo, hijo de granjeros propietarios de sus tierras y el mayor de cinco hermanos, cursó la carrera de Ingeniería en la Universidad de El Cairo hasta la obtención de la licenciatura, en la especialidad de Metalurgia, en 1978. Entre el primer ciclo universitario, concluido con la diplomatura, y el segundo ciclo el joven prestó el servicio militar de un año de duración y sirvió en una unidad de guerra química del Ejército egipcio.

En 1979, con 28 años, se casó con una prima que tenía 17, Nagla Ali Mahmoud. Los seis años siguientes, ayudado por una beca, los pasó junto con su joven esposa en Estados Unidos, en California, donde en 1982 obtuvo el doctorado por la Universidad del Sur (USC) con excelentes calificaciones y más tarde dio clases con un contrato de profesor asociado en el campus de Northridge de la Universidad Estatal (CSU). Por una temporada impartió magisterio también en Libia. En California vinieron al mundo dos de los cinco hijos de la pareja, cuatro varones y una chica (y que hasta la fecha le han dado tres nietos), los cuales obtuvieron la ciudadanía estadounidense por derecho de nacimiento.

En 1985 Mursi retornó a Egipto y se aseguró una sólida posición profesional merced a una plaza de profesor titular en la Universidad de Zagazig, la capital de Ash Sharqiyah. En los 25 años siguientes, Mursi iba a impartir la docencia y a dirigir el Departamento de Ingeniería de la Universidad.

Sin embargo, las inquietudes religiosas y políticas rondaban al cultivado ingeniero, un musulmán devoto desde que en la infancia su madre le enseñara a recitar asiduamente el Corán. Ya en 1979, el año de su boda, Mursi se afilió a los Hermanos Musulmanes ( Al Ijwan Al Muslimin), la histórica cofradía-movimiento del Islam sunní, fundada por el intelectual islámico Hassan al-Banna en 1928 y sobre la que desde 1954, cuando el triunfante régimen republicano les acusó de intentar asesinar a Nasser, pesaba una prohibición oficial. El sucesor de Nasser en 1970, Sadat, había rebajado considerablemente los niveles represivos y venía tolerando las actividades sociales y caritativas –que no políticas o proselitistas- de la Hermandad, que incluso fue reclutada como fuerza de choque para amedrentar a los opositores de la izquierda laica.

Esta, a cambio, reiteraba periódicamente que había roto con su pasado violento e intransigente con todo lo que supusiera modernidad a la occidental, que rechazaba los métodos subversivos y que apostaba exclusivamente por la vía pacífica y gradualista para implantar su programa básico del gobierno islámico regido por el Corán, la Sunna y la Sharía; eso, en Egipto de entrada, pero sin renunciar a la vocación transnacional, conforme al principio de la Umma. El respaldo social de la Hermandad, incluidas las clases profesionales liberales, era amplio y su presencia en las esferas educativa y cultural más que notable. La mayor parte de sus cuadros dirigentes poseía formación cualificada y empleos de buena posición, como médicos, profesores de universidad, abogados y administradores, o procedían de acomodadas familias de propietarios rurales.

Mursi se incorporó a la organización en un momento en que a esta se le estaban poniendo las cosas difíciles de nuevo por la proliferación de las expresiones islamistas más radicales, que buscaban la caída del régimen por las vías revolucionaria y terrorista, varios de cuyos militantes procedían de sus filas. Uno de estos grupúsculos extremistas, infiltrado en el Ejército, asesinó en 1981 a Sadat, meses después de desatar el rais una gran redada policial en medios opositores que no hizo excepción con los Hermanos.

El nuevo presidente salido de las Fuerzas Armadas, Hosni Mubarak, empezó adoptando una estrategia menos rigurosa con los Hermanos. Dejando intacta la proscripción oficial, blindada bajo el estado de emergencia, Mubarak excarceló a numerosos dirigentes y concedió libertad de movimientos a su tercer guía general (Murshid Al-Am) o líder supremo, Umar al-Tilmisani, quien aplaudía la distinción por el Gobierno entre ellos, los islamistas moderados, y las facciones subversivas, objeto de una sañuda persecución.

Candidatos de la Hermandad fueron autorizados a participar en las elecciones legislativas de 1984, el año anterior a la instalación de Mursi en la Universidad de Zagazig, pero no como tales, sino inscritos en las listas de un partido legal de corte liberal, el Neo Wafd. En las votaciones de 1987 los Hermanos, sin lugar a dudas la primera fuerza de la oposición, participaron coaligados con dos agrupaciones socialistas bajo la etiqueta de la Alianza Islámica y en las de 1990 practicaron el boicot, frustrados por las continuas cortapisas a su aspiración de participar más activamente en la vida política y por las trapacerías del régimen para asegurar la hegemonía parlamentaria de su partido, el Nacional Democrático (PND).

Mursi empezó a hacerse notar en la Hermandad hacia 1992, bajo el liderazgo del murshid Mohammed Hamid Abu al-Nasr y coincidiendo con el inicio de otra etapa de represión estatal en respuesta al tremendo desafío terrorista de la Asamblea Islámica y la Jihad Islámica, principales agrupaciones del integrismo armado. Ingresó en el nuevo Departamento Político, concebido para reforzar la estrategia del movimiento de jugar sus cartas dentro del sistema, y en 1995 se sentó también en la más restringida Oficina de Orientación (Maktab Al-Irshad), máximo órgano de decisión, de una quincena de miembros.

Para entonces, Mursi ya había culminado el proceso de capacitación religiosa y doctrinal, meticulosamente testado por los oficiales competentes durante una serie de años, que le certificaba como un hermano con plenos derechos en la organización, integrante de su círculo más interno. La membresía en la Hermandad abarcaba y abarca una jerarquía de cinco grados o rangos, el mayor de los cuales, ach'mal (hermano trabajador), habilita al aspirante para participar en las elecciones internas y a competir por los puestos dirigentes. Los otros cuatro rangos, de menos a más en cuanto a piedad comprobada, autoridad en la predicación y el liderazgo, y conocimiento del Corán, el Hadith y la obra del fundador Hassan al-Banna son los siguientes: muhib (partidario); muayyad (seguidor); muntasib (afiliado); y muntazim (organizador).

También en 1995, en plena ola de desafueros del régimen y con cientos de hermanos entre rejas por su sola militancia política, tocaron elecciones legislativas y Mursi se presentó a las mismas como uno de los 150 candidatos de su grupo autorizados a competir como "independientes" por los 44 escaños reservados al sistema mayoritario uninominal. Los obstáculos jurídicos y policiales eran abrumadores y sólo un compañero, Ali Fatah al-Bab, consiguió el escaño en la Asamblea Popular o Majlis Ash-Shaab, la Cámara baja del Parlamento egipcio.

El ingeniero volvió a intentarlo en las votaciones de octubre y noviembre de 2000. Esta vez la Hermandad presentó 76 candidatos con el marchamo de independientes y 17 de ellos, incluido Mursi, tras superar la dura criba de las descalificaciones y los arrestos arbitrarios en el curso de la campaña, pudieron sentarse en el Majlis. A lo largo de su primera legislatura, Mursi, representando a la gobernación de Ash Sharqiyah, ejerció de portavoz oficioso de su grupo y en 2004 figuró entre los animadores partidistas del Movimiento Egipcio por el Cambio (Kefaya), una campaña de protestas políticas y ciudadanas, no de masas pero estridente, que congregó a numerosos colectivos opositores de diversas tendencias, a activistas de Derechos Humanos y a simples ciudadanos sin filiación, todos contrarios al anuncio de la quinta postulación presidencial de Mubarak en 2005.

Los Hermanos no jugaron un papel descollante en el movimiento Kefaya, una especie de preámbulo fallido de la ulterior revolución de 2011, que alzó su voz en un período de desconcierto interno, con acusaciones frecuentes de adocenamiento y conservadurismo a la dirigencia. A ellas se sumaban las aparentes contradicciones entre los planteamientos de las diversas facciones y camarillas, que un día lanzaban mensajes de amistad a la minoría cristiana copta y de conciliación a Occidente, y al otro desplegaban la habitual retórica agresiva contra Israel.

El liderazgo supremo del grupo mudó en estos años por imperativos biológicos: el quinto murshid, Mustafa Mashhur, un rico terrateniente elevado al mando en 1996 pero al que se atribuyó la jefatura efectiva también en la década bajo el liderazgo de su predecesor Abu al-Nasr, falleció en noviembre de 2002 y su sucesor, Maamoun al-Hudaybi, hijo del segundo murshid, Hassan al-Hudaybi (1949-1973), murió a su vez en enero de 2004. El testigo lo tomó entonces un veterano intelectual de línea conservadora, Mohammed Mahdi Akef, convertido en el séptimo guía general.

Mursi perdió el escaño en los comicios de noviembre y diciembre de 2005, celebrados al hilo de la controvertida reelección de Mubarak en las primeras elecciones presidenciales directas y abiertas a candidaturas alternativas, pero en un marco de muy fuertes restricciones legales, que convertían la aparente apertura democrática en una farsa. Pese al fracaso personal, su organización se hizo con 88 escaños y se colocó como la segunda fuerza del Majlis tras el imbatible PND. Se trató del mejor rendimiento electoral en la historia de la Hermandad hasta la fecha, aunque el bloque formado no podía usar más etiqueta que la de los independientes.

Mursi era un hermano propenso a contestar y los encontronazos con las autoridades resultaban inevitables. En mayo de 2006 fue arrestado por participar en las manifestaciones de apoyo a dos jueces que habían denunciado casos de fraude en las elecciones presidenciales del año anterior. El ex diputado recobró la libertad al cabo de seis meses, en vísperas del anuncio por Mubarak, en guardia desde el avance islamista en las pasadas legislativas, de una segunda reforma constitucional concebida para afianzar la marginación de la Hermandad en el sistema. En lo sucesivo, los partidos de base religiosa quedaban estrictamente prohibidos, las elecciones perdían la supervisión judicial y las candidaturas presidenciales de partidos legales veían aliviadas un poco los requisitos legales para concurrir mientras que los de las candidaturas independientes se mantenían invariablemente severos.

En 2007 Mursi participó en la redacción del programa político de un hipotético partido legal de la Hermandad, que entre otros aspectos negaba a las mujeres y a los hombres no musulmanes el derecho a presentarse candidatos a la Presidencia de la República, y reclamaba un consejo especial de clérigos islámicos capaz de vetar la legislación parlamentaria no conforme con los preceptos de la fe islámica. El polémico documento, muy tradicionalista, sirvió al régimen de Mubarak para reafirmarse en sus tesis de que la oposición política con militancia confesional no ofrecía al país más alternativas que la regresión democrática y el conflicto social.

En febrero de 2010, semanas después de la elección interna del veterinario Mohammed Badie como octavo murshid, y con el ambiente nacional bastante enrarecido por el fuerte descontento social -cuyo rostro más visible era el de los jóvenes universitarios- y por las señales de que al añoso Mubarak le acosaba una grave enfermedad, Mursi fue uno de los dirigentes de la Hermandad que se dejó ver en complicidad con Mohammed El Baradei, el ex director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) y Premio Nobel de la Paz de 2005, el cual regresó a su país para denunciar a los cuatro vientos la falacia democrática que se vivía en Egipto y aglutinar tras su figura de prestigio a toda la oposición, crónicamente fragmentada (islamistas, liberales, laicos, nacionalistas, socialistas y nasseristas) y sin líderes creíbles.

La plataforma opositora impulsada por Baradei y secundada entre otros por Mursi dio lugar a la Asociación Nacional por el Cambio (ANC), conglomerado de políticos profesionales, intelectuales y otros representantes de la sociedad civil que reclamó al régimen la revocación del estado de emergencia y la reforma de la Constitución para reintroducir la supervisión judicial de los procesos electorales, limitar los mandatos presidenciales y -cuestión crucial para la Hermandad y para el mismo Baradei, quien sugirió su disposición a dar ese paso- consagrar la igualdad de oportunidades de todos los que quisieran postularse a la jefatura del Estado, fueran afiliados partidistas o no.

Las elecciones legislativas del 28 de noviembre y el 5 de diciembre de 2010, todo un compendio de prácticas fraudulentas, abusos mediáticos y desafueros represivos, demostraron a las claras que el régimen no estaba dispuesto a ceder un milímetro en las reclamaciones de la oposición. Los Hermanos no obtuvieron ningún escaño y ante las evidencias de un gran pucherazo decidieron retirarse de la segunda vuelta. Como resultado, el PND se adjudicó una mayoría apabullante de cuatro quintas partes del Majlis.

En realidad, del desastre electoral fueron medio responsables sus propios damnificados, pues los de Mursi, el Neo Wafd, los nasseristas y los progresistas unionistas fueron incapaces de articular un frente común. También ignoraron el llamamiento al boicot de la primera vuelta lanzado por Baradei, haciendo de la ANC papel mojado. La actitud positiva de los islamistas antes de la primera vuelta, cuando ya resultaba claro que las manipulaciones iban a ser masivas, resultó más extraña porque previamente, en junio, habían puesto el grito en el cielo por el resultado de la elección del Consejo de la Shura, que les privó de toda representación en la Cámara alta.

Aunque no armonizaban su estrategia electoral, el grupo de Mursi y Baradei si estaban de acuerdo en un punto fundamental: preferían evitar la confrontación directa con el poder para forzar los cambios democráticos. Esta estrategia legalista y acomodaticia fue radicalmente impugnada por la juventud, que el 25 de enero de 2011 prendió la llama de un levantamiento popular devenido verdadera revolución de masas con una meta rupturista: acabar con la larga autocracia de Mubarak y liquidar el régimen del PND.

Ni Mursi ni sus colegas de la dirigencia de la Hermandad jugaron un papel digno de reseñar en la llamada Revolución de Tahrir. En los primeros días de la protesta, el 28 de enero, él y otros 34 altos responsables de la cofradía fueron detenidos y confinados en la prisión de Wadi El Natrun, al noroeste de El Cairo. Dos días después los policías que los custodiaban abandonaron sus puestos y unos civiles residentes en la zona les pusieron en libertad. Según parece, el régimen amenazó a la Hermandad con meter entre rejas al murshid Badie si se alineaba claramente con el Movimiento de la Juventud 6 de Abril, portaestandarte de la revuelta, aunque muchos miles de seguidores y afiliados no dudaron en unirse a las multitudinarias manifestaciones convocadas por las fuerzas laicas.

Tras la renuncia forzada de Mubarak el 11 de febrero y la asunción de los poderes ejecutivo y legislativo por una junta militar de facto, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), a la cabeza del cual se situó el ministro de Defensa y mariscal Mohammed Hussein Tantawi, la Hermandad adoptó un tono más reivindicativo y, poco más o menos, se erigió en guardián de los objetivos de una revolución popular que no había hecho. Las presiones de los islamistas, esta vez echados a la calle de manera oficial compartiendo las demandas de los jóvenes revolucionarios, resultaron decisivas para la caída del Gobierno del PND y el primer ministro Ahmad Shafiq, al que sustituyó el Gabinete técnico de transición de Essam Sharaf, un independiente totalmente favorable al cambio de régimen y bien visto por los Hermanos.

Cooperación constitucional con la junta militar, creación del PLJ y triunfo en las elecciones legislativas

A continuación, la Hermandad dio un voto de confianza a las promesas democráticas de las Fuerzas Armadas, teóricas garantes de la transición pacífica, aunque los soldados no iban a tardar en volver sus armas contra los congregados en la plaza Tahrir, con el resultado de varios muertos. Así, aceptó sentarse en el comité de reforma constitucional creado por la junta y, a contracorriente de las fuerzas opositoras laicas (incluido Baradei) pero al igual que el viejo oficialismo en torno al ahora moribundo PND, pidió el sí en el referéndum del 19 de marzo que validó las enmiendas elaboradas por el panel de juristas nombrado por los militares y que iban a componer la Constitución provisional reducida (63 artículos) para regir el país hasta la celebración de elecciones generales en los próximos meses.

Los cambios, centrados en la democratización de la elección presidencial, satisfacían a los islamistas de Mursi, que no veían a Egipto, sumido en la incertidumbre y la tensión, preparado para soportar una transición larga con un proceso constituyente sin atajos. El posicionamiento encerraba sin embargo un cálculo interesado: a los Hermanos les convenían unas elecciones legislativas tempranas, este mismo año, pues ellos eran con diferencia la organización política más organizada y mejor enraizada en la sociedad egipcia, que contaba desde ya con un electorado nutrido y disciplinado. Quien ganara las elecciones legislativas pasaría a controlar la elaboración de la Constitución permanente.

Los Hermanos no tenían que transformarse en un partido, estructura formal a la que este antiguo movimiento político, religioso y social trascendía ampliamente; les bastaba con dotarse de uno y luego colocarlo en su órbita tras una fachada de independencia nominal. El 30 de abril de 2011, al amparo de la liberalización por el CSFA de la norma que regulaba la formación de partidos políticos (entre los que ya no se encontraba el PND, disuelto por orden judicial el 16 de abril), la Hermandad lanzó el Partido de la Libertad y la Justicia (PLJ). Mursi fue nombrado presidente de la formación por la Oficina de Orientación de la Hermandad, de la cual dejó de ser miembro. Otros dos integrantes de la cúpula islamista, Essam El Erian y Saad El Katatny, le flanquearon como vicepresidente y secretario general, respectivamente.

El PLJ fue presentado por sus artífices como una agrupación no sectaria abierta a todo egipcio –incluidos los cristianos coptos, ahora mismo objeto de sangrientas agresiones por extremistas de las corrientes islamistas salafistas, próximos rivales electorales de los Hermanos- que aceptara los términos de su programa, el cual no era de tipo "religioso", sino "civil con un referente islámico". El referente confesional era en todo caso bastante intenso, a la luz del manifiesto de principios y objetivos. Así, el PLJ hacía hincapié en la supremacía de la ley islámica, en cuyas bondades y ventajas confiaba "la mayoría del pueblo egipcio". La Sharía misma contenía el respeto a las creencias y costumbres de los adeptos de otras religiones monoteístas, en especial "nuestros hermanos cristianos", así que su aplicación en todos los ámbitos legales era perfectamente compatible con el marco constitucional de derechos y libertades.

El partido consideraba imprescindibles las menciones en la futura Carta Magna (ya recogidas en su artículo 2 por la derogada Constitución de 1971 y también por la Constitución provisional recientemente promulgada por el CSFA) del Islam como la religión oficial del Estado, del árabe como su lengua oficial y de la Sharía como la principal fuente de legislación. Mientras que la Sharía prevalecía en la elaboración y el cumplimiento de la ley, por otro lado "el pueblo" era la "fuente del poder", así que la primera debía aplicarse en consonancia con "la mayoría parlamentaria".

La formación de Mursi se declaraba portadora del "espíritu de la Revolución del 25 de enero hecha por el gran pueblo egipcio y vigilada por el valiente Ejército egipcio"; por lo tanto, asumía los objetivos políticos de la separación efectiva de poderes, la garantía del pluralismo y la diversidad, el respeto a los Derechos Humanos, la soberanía y la unidad nacionales, la naturaleza civil del Estado (que no sería ni "militar" ni "teocrático") y la justicia social. Si la Sharía era coherente con un marco de libertades fundamentales, la Shura (la consulta de los musulmanes que busca el consenso) era otro principio islámico equiparable a "democracia." En cuanto a la economía, los islamistas no cuestionaban el modelo de libre mercado, pero Egipto sí debía avanzar hacia un "desarrollo económico integrador, sostenible y equilibrado".

Además, el PLJ aseguró que no pensaba presentar candidato a las elecciones presidenciales, para las que, sin embargo, no consideraba "apropiadas" las postulaciones de mujeres y coptos; estos colectivos, en cambio, sí podían tener representantes en el Consejo de Ministros.

Fuente: Fundación Cidob (http://www.cidob.org).

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