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Por los chicos

El sultanato de Omán abandona décadas de ostracismo y se abre al turismo occidental

 
DATOS DEL PAIS

Aunque los visitantes occidentales están llegando en cuentagotas, el país vale la pena, fundamentalmente por su colorido paisaje humano, donde la hospitalidad parece ser un mandamiento inquebrantable; como otros países del Golfo, la explotación del petróleo le ha inyectado en las últimas décadas capitales que transformaron radicalmente la fisonomía de sus principales centros urbanos.

Omán fue puerto clave en el mercado occidental de esclavos.
Los fantásticos relatos de Simbad el Marino en "Las mil y una noches" podrían trasladarse a Omán. De hecho, la idea que tenemos de este sultanato resulta tan vaga y difuminada como las fantasías de Simbad. Y por otro lado, los omaníes se han apropiado de la figura mítica de Simbad, no se sabe muy bien por qué. Tal vez sea porque esas aventuras prodigiosas son el eco literario de una realidad histórica: que los navegantes omaníes dominaban el comercio de la región, y, en el siglo VII, uno de ellos, Abu Ubaida, logró arañar nada menos que las costas de Cantón, en China.

Ya mucho antes las rutas polvorientas del país habían estado surcadas por las caravanas que transportaban incienso. La propia reina de Saba, cuyo supuesto palacio se muestra a los turistas, trató de engatusar a Salomón con esa resina perfumada. El imperio omaní llegaría a extenderse hasta las costas orientales de África, hasta Zanzíbar, a mediados del siglo pasado. En 1840, Omán era el primer país árabe que enviaba un emisario y establecía relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Luego llegó la decadencia, el ostracismo, el silencio.

Hasta que en 1970 accedió al trono el actual sultán, Qabus ben Said, y abrió las puertas de Omán a la modernidad. Cuesta creer lo que ha sucedido en ese país en estos años. Entonces no había en todo el país más que unos 10 kilómetros de carretera, ningún hotel, un solo hospital con 23 camas, tres escuelas, estaba prohibido jugar al fútbol o usar gafas de sol y las puertas de las ciudades se cerraban cada anochecer.

Ahora, gracias a la voluntad de un sultán educado en Europa -y gracias también a los petrodólares generosamente derramados por Alá y cuyo grifo tiene fecha de caducidad-, Omán cuenta con más de 6.000 kilómetros de magníficas autopistas y carreteras, más de 200 hospitales, el 65% de los universitarios son mujeres y los coches climatizados han enviado al desempleo a los camellos, que sólo sirven ya para apostar en las carreras.

Al mismo tiempo, Omán empieza a abrirse a los visitantes. Los turistas van llegando a cuentagotas, y la mayoría habla alemán. A las complicaciones formales del visado se suman las dificultades en las conexiones. Pero el país vale la pena: lo que el viajero encuentra es ya muy difícil de ver, si no imposible, en cualquier otro país. En Omán todavía puede hallarse la pureza, la inocencia que huye de esa rutina mediocre y niveladora que impone el pulso moderno. Inocencia sobre todo en la gente. En Omán ha cambiado más deprisa el decorado que el corazón cálido y amistoso de los omaníes, entre los cuales la hospitalidad es un mandamiento frente a la dureza del entorno.

El viajero que descubre Omán aprecia, sobre todo, un paisaje humano inagotable, fascinante. Las maravillas paisajísticas se quedan en meras pinceladas que arropan a las figuras, como esas ensoñaciones de Simbad que apenas daba importancia a los caminos empedrados de diamantes o los palacios repletos de riquezas y maravillas, porque sólo la aventura era su alimento.

El choque no es brutal, sino progresivo. En Mascate, la capital, todavía se tiene la sensación de estar en el siglo que estamos, aunque los funcionarios y los taxistas vistan la invariable túnica malva y cubran sus calvas con el kumar o casquete tradicional, y a veces con turbante. Pero basta con salirse del rutilante barrio de hoteles de lujo, ministerios y edificios oficiales; basta con dejarse llevar hasta el puerto y su animada pasarela para que empiecen a asomar los primeros guiños del Omán profundo.

A un paso de Mascate, de su puerto y sus fortines portugueses y españoles, la aldea terriza de Boshwar, con sus mezquitas y paredones de adobe y su trenzado de calles sombreadas, nos hace cruzar de forma supersónica la barrera del tiempo. En adelante, podremos esperar ver cruzar por nuestra mirada al propio Simbad o a la novia de Salomón, pues el tiempo ya no cuenta. Parece haberse detenido en los oasis y llanuras cultivadas al norte de Mascate, o en su parte oriental, llamada la Axarquía -el levante-. Los ríos generosos que alimentan palmerales y huertos, y son absorbidos por un sistema sabio de acequias (falaj), justifican el apelativo que daban los antiguos a esta parte del mundo: Arabia felix (Arabia feliz), frente a la Arabia petrea o la Arabia deserta que copaba el norte y centro de la península arábiga.

Imágenes extraídas de la Edad Media

En la parte central del país, que en total equivale a dos tercios del territorio español, dos ciudades atesoran lo más sugerente del paisaje humano. En Nizwá, antigua capital, cerrada por murallas y puertas, el mercado de cabras de los viernes es un espectáculo que pertenece a la Edad Media, colorista y deslumbrante. En el Sur, en la costa este, la llegada de las barcas con su botín de atunes plateados parece sacada de los relatos orientales. En esa ciudad se siguen fabricando barcos totalmente a mano, a golpe de anzuelo y garlopa.

Luego están los desiertos. La franja central de Omán es lo que llaman Rub al-Jali, el distrito vacío. Desiertos de varia índole, ocupados en sus márgenes por familias de beduinos. Éstos viven como siempre han vivido, trasladándose de un lugar a otro con sus rebaños de cabras, sus tiendas de lona sobre las dunas y sus camellos. Estos beduinos van a la compra en coches japoneses todoterreno, y sacan la antena de la televisión entre las cuerdas y tirantes de sus campamentos.

Ellos sí siguen amando a sus camellos, los miman casi, juegan con ellos: un beduino puede ganar en una carrera de camellos un flamante auto con teléfono, o 40 millones de pesetas. En tal caso, se gastará las ganancias en comprar más camellos, y seguirá viviendo como siempre, en las arenas infinitas.

El sur de Omán es otra cosa. Salalah es su capital, rodeada de extensos palmerales y montañas por las que cruzan las lluvias monzónicas, dejando un reguero de verdor a su paso. En el Sur están los árboles del incienso, las ruinas del palacio de la reina de Saba, los arenales y playas vírgenes de docenas de kilómetros, y ciudades de pescadores, como Marbat, un puro sueño, que se deshacen junto al mar como castillos de arena lamidos por las olas. Pero siempre, allí donde uno va, imborrable, está la sonrisa sin malicia y sin interés de una gente que camina todavía por los caminos invisibles de edades perdidas.

La fuente: Este artículo fue publicado por el diario catalán El Periódico, de Catalunya (España). www.elperiodico.es

 
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