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Por los Chicos

Níger: el río de los negros

Guinea, Malí, República de Níger, Benín y Nigeria... El río de los ríos acaricia las tierras del África negra. Un trazo irregular que muestra a su paso la profundidad cultural de sus pueblos.

Por Luis Pancorbo

Níger: el río de los ríos.

El Níger es el río de los negros, eso se creyó al menos desde la antigüedad, aunque más justicia le hace su nombre de Ghirnigheren, una vieja voz de los nómadas sahelianos que significa río de ríos. Después de todo el Níger fluye a lo largo de 4.200 kilómetros. Pero el Níger es también río de ríos por otras cuestiones y aureolas, empezando por la imponente historia de sus riberas. Imperios enteros subsaharianos se desarrollaron junto a las aguas del Níger. La misma Tombuctú, ciudad que se apareja al Sáhara como la uña a la carne, no es sino una criatura del Níger del que queda a sólo una veintena de kilómetros. Luego están los pueblos ribereños del Níger, las tribus y las costumbres que eso genera en nada menos que cinco países subsaharianos. Sin olvidar que el Níger sirve de espejo, y abrevadero, a una fauna singular: desde los dromedarios hasta los caballos de agua, más conocidos como hipopótamos.

En el occidente de África no hay otro curso fluvial de esa importancia y majestuosidad. Ni siquiera el río Senegal se puede comparar con el Níger. Pero es que además el Níger riza su propio rizo. ¿Es un río o dos? He ahí un misterio de mayor calado que el de sus fuentes, que eso ya se resolvió en su día. El Níger nace en las montañas de Fouta Djalon, en Guinea, a unos 280 kilómetros del Océano Atlántico. Lo que pasa es que después el Níger tiene un comportamiento hidrológico casi de Guadiana. Tras recorrer un poco Guinea entra con pujanza en Mali, pero se deshace en el gran delta interior que se forma junto a Mopti. Luego, al tocar los márgenes del Sáhara, es como si el Níger entrara en extrañas alteraciones. En la era cuaternaria el río Níger aún discurría más arriba que hoy, en pleno Sáhara, donde formaba la cubeta de Araouane. Con los milenios, las arenas desérticas empezaron a crecer y una de sus victorias consistió en hacer replegar al Níger y hacerlo confluir -y confundir- con el Tilemsi, río que bajaba desde el Adrar des Iforas, un lugar que en nuestros días es uno de los más resecos corazones saharianos. De esa azacanada historia hidrográfica, llena de corrimientos y desapariciones, todavía dan testimonio un curso zigzagueante y dos deltas, uno situado en medio de Malí y otro en Nigeria. En este último país se produce lo único cierto del Níger, su despedida.

Brass, uno de los islotes del delta nigeriano, es una especie de barquita de papel en medio de una apoteosis de agua dulce que pugna en vano contra el Atlántico. Es el canto del cisne del gran río tras un derroche de vida y leguas lamiendo mesetas y arenales, inundando una y otra vez los arrozales. Y pocos ríos, desde luego, pueden presumir de cuello como el Níger. Entre Niafounké y Gao el río forma una inmensa joroba de camello, así le dicen, que aún representa el punto más exótico de paisajes y gentes de todo el recorrido fluvial.

Historias

Muchas son las maneras de disfrutar en el río Níger, aunque siempre conviene ir con ojo. El joven explorador inglés Christian Velten pretendía hacer un documental sobre el río al hilo del mapa de Mungo Park. Christian desapareció en Malí en febrero de 2003 y no se sabe nada de él. Dos veteranos detectives de Sussex (Reino Unido) acaban de ser enviados en busca del joven. ¿Lo mataron para robarle, se ahogó, se ha perdido en el desierto...? Otra vez resuenan las historias fatídicas de Mungo Park, Laing y otros pioneros que murieron en el empeño de conocer los mejores secretos malianos.

El Níger pasa por Guinea, Malí, República de Níger, Benín y Nigeria, y eso supone un mundo de pueblos y culturas distintas. Ciñéndonos a Malí, donde el Níger casi siempre es navegable (al menos desde Koulikoro, el puerto a 57 kilómetros al norte de la capital, Bamako), el río da pábulo a muchas historias y pie para intensos viajes. A lo largo del río se pueden ir conociendo gentes y territorios ubicados en los viejos reinos sahelianos, Ségou, Kaarta, Songhaï... Los mandingas, con sus dos grandes divisiones étnicas, malinké y bambara, constituyen la columna vertebral de Malí. Luego hay pueblos de origen sudanés (en torno del 20 por ciento de la población), como los sarakolé, songhaï, dogon, bozo... Todo eso se traduce en ríos de costumbres distintas, en 15 lenguas muy diferenciadas, en paisajes no tan monótonos como se podría pensar por la abundancia de caña fístula y de arrozales en las riberas.

Un crucero por el Níger, por grande o pequeño que sea, permite captar la alternancia de ambientes del África Occidental. Por un lado, la planicie herbosa, desconsideramente ancha y aplastada contra un cielo lechoso. Por otro lado, todas las variantes de la sequedad hasta llegar a su apoteosis sahariana en Tombuctú y Gao. Ése ya es el mundo de los turbantes, de los moros, los tuaregs, gentes seminómadas que llevan puñal, si no espada, al cinto. Las armas reclaman una ascendencia española que se remonta al siglo XV, cuando la expulsión de los moriscos. Tras pasar por Marraquech algunos llegaron a Tombuctú y otros se aposentaron en Gao. Ismael Didié, oscuro de piel como cualquier otro maliano, mantiene lo español a su manera. Es el custodio de una valiosa biblioteca en Tombuctú, con más de 3.000 manuscritos que tratan temas de Al Andalus y que están escritos en aljamiado.

El aljamiado, español escrito en caracteres árabes, merece atención retrospectiva. Propició el recuerdo de nuestro idioma en medio del desierto. Algunos andalusíes recriados en el Sáhara lanzaban esos mensajes aljamiados, como si fuesen botellas abandonadas en un mar de arena, el que rodea Tombuctú.

Todavía en el siglo XIX Tombuctú era la ciudad que más apetecía encontrar a los europeos, pero para eso había que embarcarse y había que bajar por el Níger. El comandante francés Raffenel en su magnífico Pays des Nègres (1856) escribe: «Los ríos son los caminos naturales de África, las arterias de ese gran cuerpo y su función es llevar la vida». La diferencia entre los ríos africanos y las arterias del cuerpo humano es acaso, para Raffenel, que los primeros no llevan la vida, o la sangre, del corazón a las extremidades, sino al contrario. Aparte, lo que dio desde la antigüedad grandes quebraderos de cabeza a geógrafos y exploradores fue saber si el Níger discurría hacia el Este o hacia el Oeste.

Por el río

El Níger, antes de desplegar su gran caudal en Malí, es también conocido como Djoliba, o Ghiolibâ, como decían los franceses que pretendían apropiárselo. Djoliba es otra manera de decir río. Un río que se llama río es todos los ríos. Y a eso hay que sumar la importancia estratégica del Níger, que fue tanta o mayor que la del Nilo. La cuestión era conocer a fondo de qué iba el Níger. En 1791 se creía que no era algo distinto del río Senegal o el río Gambia.

Mungo Park, el pionero inglés en esta parte de África, pagó con su vida el intento de adueñarse del gran río y su secreto. Mungo Park murió en Boussa, a sólo 130 leguas del delta final. Su expedición demostró que el Níger era navegable -y por más de 1.700 kilómetros en Malí- hasta los rápidos de Boussa. Ese tramo situado en lo que hoy es Nigeria, el que va de Boussa a la desembocadura, fue navegado con éxito por los ingleses Laird y Olfied. Con lo mismo Gran Bretaña pensó añadir el entero Níger a su repertorio colonial, pero los franceses estuvieron listos y acabaron llevándose la mayor parte del agua del Níger a su molino.

«Dueños del Níger seríamos dueños de África...», decían agentes coloniales con mucho callo y ambición, como el comandante galo Raffenel. Hierro, oro, cera, aceite, pieles, colorantes..., todo eso se sacaría fácilmente y en abundancia usando el Níger. Lo que ocurrió fue que al final los ingleses se quedaron con el último delta, o dicho de otro modo, controlaron Nigeria, uno de los mayores países africanos y uno de los que tienen mayores yacimientos de petróleo. Ironías de la historia colonial.

Con todo, en las riberas del Níger revolotea una historia africana, una cultura fuera de la lógica y de la dominación de los blancos. Los bambaras toman aspirinas si les duele la cabeza, pero también hacen un agujero en la tierra, echan ascuas, cenizas y agua hirviendo, y aplican ahí su vientre desnudo. Otras veces las enfermedades son más temibles. Con el gusano de Guinea, también conocido como gusano de Medina (filaria medinensis), ha pasado como con la sifílis que se peloteó con insidia entre los países como morbo gálico, inglés, español... El gusano, o filaria, viene por la mala calidad del agua, decían antes en Kaarta. En cualquier caso es un peligro a lo largo del Níger y el remedio no es aguardar a que el gusano empiece en el pie y salga por la nariz.

Para combatirlo, en algunos pueblos todavía ponen a los enfermos guirnaldas y coronas con hojas de un arbusto medicinal (kougnié). Antaño era el único remedio. Después de ese rito silvano se machacaban las hojas y el polvo se bebía diluido en agua. En principio no era algo peor que la enfermedad. Si los fetiches querían, se sanaba.

En el 2003 sólo en Malí hubo 93 casos de cólera. Sin embargo, y siempre con las lógicas precauciones, quedan pocos viajes tan perdurables en la memoria como los que ofrece el gran río de los negros. No disponiendo de mucho tiempo la opción que no suele defraudar es ir en barco desde Mopti hasta Djenné, la Meca de barro para los islámicos de Malí. En esa región es donde el Níger y el Bani se salen de madre (menos desde que han hecho la presa de Talo, en 2003) y forman archipiélagos repletos de islotes o toguérés. Ha habido años en que la propia Djenné se ha convertido en una isla.

Navegar por el Níger con sequías tan contumaces como las que hubo en los años 80 roza el sufrimiento. En años de lluvias abundantes y una buena crecida, un crucero por el Níger al país Massina, entre Djenné y Mopti, revela el gran estallido de la vida que oculta el Sahel. Los arrozales están a reventar, las vacas casi no pueden moverse de comer tanto pasto fresco y los peces capitanes, blancos y sabrosos como merluzas de agua dulce, no oponen mucha resistencia a los anzuelos. Aún menos a las sartenes, donde acaban dignamente sus días rebozados a la romana.

La fuente: Diario El Mundo (Madrid).

 
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