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Por los chicos

Fez celebra sus 1200 años
La vieja medina y también la ciudad nueva están engalanadas para recibir a los visitantes y festejar los doce siglos de existencia de esta singular ciudad imperial de Marruecos, declarada Patrimonio Universal por la UNESCO.
Palacio real.

"Para recorrer la medina, contrate un guía oficial", recomendará el conserje del hotel. "Yo lo acompaño", dirán adultos y niños, si uno pregunta cómo entrar en la ciudad vieja. Otros simplemente empezarán a seguirlo y a darle explicaciones que, por supuesto, a las pocas cuadras tendrán un precio.

Se dice que de las ciudades marroquíes que habitualmente recorren los turistas, Fez es la más difícil. Quizá porque, a diferencia de otras como Marrakech o Tánger, todavía no está tan preparada para los extranjeros, lo que se evidencia, entre otras cosas, en que la mayor parte de las calles tienen los carteles de sus nombres sólo en árabe. Pero esto está cambiando, porque desde que la UNESCO declaró Patrimonio Universal a la vieja medina se inició una lenta tarea de señalización y cartelería con datos históricos.

Esta transformación se nota aún más desde el 5 de abril último, fecha en que comenzaron los festejos para conmemorar los 1200 años de vida de la ciudad, que justamente se cumplen este año.

Todas las opciones son válidas para conocer Fez y cada una de ellas tendrá un atractivo particular. Pero, lo que hay que saber es que la medina, la más auténtica, bella e intrincada de las tantas ciudades viejas de Marruecos, no es imposible de recorrer sin un guía. Y es más, descubrir a solas el encanto de sus callecitas puede ser más interesante que cualquier explicación.

Fez fue fundada en el año 192 de la Hégira (808, de la era cristiana) por Idriss II, quien creó así la primera ciudad musulmana de Marruecos. Poco después se unieron a esta primera población unas 800 familias que habían tenido que dejar Córdoba (España) y fundaron el barrio andalusí; más tarde, se sumó un contingente de refugiados árabes de Kairuán, y también la ciudad atrajo a un número importante de judíos. Esta población diversa, a la que se unieron los bereberes (primitivos habitantes de la región), fue el motor de un veloz desarrollo que convirtió a la decana de las ciudades imperiales en una potencia cultural y comercial.

El sector más viejo de la ciudad es llamado Fez el-Bali (el antiguo) en oposición a Fez el-Jdid (el nuevo), creado en 1276 por el meriní Abu Yusef. Y fuera de las murallas que encierran estas viejas medinas, hay una espaciosa y bien cuidada ciudad moderna que completa los muchos encantos que Fez tiene para el visitante.

La parte más nueva, que algunos llaman "europea", tiene su origen en 1912, cuando se firma la Convención de Fez que establece el protectorado francés sobre el país. Con un trazado absolutamente regular y calles muy amplias, está cruzada por Hassan II, la principal avenida de la ciudad, que tiene un imponente boulevard con fuentes, prolijos macizos de flores y una importante arboleda, paseo muy concurrido sobre todo los fines de semana por la tarde.

Pero, sin dudas, el mayor atractivo está en la historia y ésta tiene lugar en la medina. Aunque no hay que engañarse, esta medina no es solo un sitio histórico en el que se encontrarán testimonios arquitectónicos y culturales de sus momentos de apogeo, sino también una ciudad intensamente viva en la que los propios fasíes hacen sus compras y miles de artesanos trabajan y preparan sus productos tanto para los turistas como para el mercado local.

Así se van alternando, según los barrios, puestos donde el aroma de las especias se une al perfume del ámbar, el incienso y la lavanda; negocios con babuchas de cuero y ropa típica, alguna casi reservada exclusivamente para los marroquíes y otra un poco más adaptada al gusto occidental; objetos de metal con complicados dibujos que los artesanos labran sin ningún diseño previo; la cerámica azul y blanca, típica de Fez, y por supuesto también las alfombras, los tejidos y los bordados. Todas las artesanías tienen un lugar en la medina, donde se pueden comprar y también ver su proceso de elaboración.

Además del mercado, presente en casi todos los rincones, las más de 9000 callejuelas de la medina albergan mezquitas, madrasas, casas históricas y edificios que vale la pena visitar. Desde la oficina de turismo, donde se puede obtener un buen mapa, proponen diferentes circuitos, que incluyen los sitios de mayor interés.

Antes que nada, dos recomendaciones. Si se elige hacer la visita sin un guía, es importante no alejarse demasiado del camino principal y siempre volver a él, es decir, en caso de desviarse, regresar por la misma calle hasta encontrar la principal. Esto evitará perderse, caminar de más y demorarse más de lo necesario. Si se va con un guía, sobre todo si éste no es oficial, hay que decirle claramente lo que uno quiere ver y no dejarse llevar por donde él quiera. En este caso, indicándole el camino, se evitará, entre otras cosas, terminar en alguna tienda donde uno se vea obligado a mirar objetos que no tiene previsto comprar.

Desde la ciudad nueva, por la avenida Moulay Youssef, se llega al acceso a Fez el-Jdid, donde no bien se ingresa está la plaza de los Alawitas. Allí se encuentra el palacio real, que fue la residencia del sultán y donde también se alojaban las tropas. No puede visitarse, pero vale la pena darle un vistazo a los alrededores, ya que el conjunto se compone de varios palacios, plazas de armas, jardines, una mezquita y una madrasa.

Curtidores en plena faena.

Luego de recorrer las calles de Fez el-Jdid y admirar las tiendas de alfombras bereberes y también algunos negocios de delicada orfebrería, se ingresa por la puerta ("bab") Bou Jeloud a Fez el-Bali. En caso de disponer de un solo día para recorrer la medina o querer tener un primer pantallazo de ella, es recomendable avanzar por Talaa Kebira ("la gran subida"), la calle más importante de Fez el Bali, hasta la mezquita Al-Qarawiyyin, y regresar por Talaa Sghira ("la pequeña subida").

A poco de entrar, está la madrasa Bou Inania que, construida a mediados del siglo XIV, es uno de los edificios más logrados del arte meriní. Las madrasas tuvieron una gran relevancia en el país, ya que estaban destinadas a albergar a los estudiantes que llegaban de lugares lejanos y capacitarlos para desempeñar en el futuro funciones políticas, judiciales o religiosas. Bou Inania, la más grande y suntuosa de Fez, tiene un importante patio central a donde dan la sala de oración, las aulas y las habitaciones de los alumnos y se distingue por su decoración en madera, bronce y azulejos de múltiples colores.

Al salir de la madrasa, se vuelve a Talaa Kebira, que se torna cada vez más estrecha y en la que se multiplican los negocios y las voces de los artesanos y comerciantes que ofrecen su mercadería. En esta calle, como en las demás, no solo hay peatones, también circulan bicicletas, motos y burros con pesadísimas cargas, cuyos guías se abren paso al grito de "¡attention!"

Poco más adelante, está el funduk de los peleteros, donde se puede ver cómo en el patio se ponen a secar las pieles procedentes del matadero, antes de llevarlas a las curtiembres. El espectáculo es pintoresco, pero es difícil sustraerse a la penosa sensación que deja ese trabajo durísmo realizado en condiciones de gran precariedad. Este no fue siempre el destino del edificio. Así como las madrasas albergaban a los estudiantes, los sultanes decidieron hacer funduk para hospedar a los comerciantes. Estas construcciones tienen un patio central destinado a los animales, rodeado por una galería con cuartos usados como tiendas y almacenes, y uno o dos pisos superiores en los que estaban las habitaciones. Hoy, casi todos los funduk se han convertido en almacenes mayoristas en los que se abastecen los vendedores de los zocos.

Vale desviarse unos pocos metros de la calle principal, por un estrecho pasadizo, para llegar a una plaza con plátanos, en la que se instala el zoco del henna. Allí, los puestos tienen las hojas de esta planta, que las mujeres utilizan para teñirse el pelo y para decorarse la piel. Y no solo hay venta, también hay quienes, por algunos dirhams, ofrecen a las visitantes hacerles los típicos dibujos en manos y pies, que las marroquíes usan habitualmente como adorno. Si una tiene tiempo y ganas de quedarse un rato, puede probar esta especie de tatuaje, que tiene la ventaja de borrarse con los sucesivos lavados. En este mismo mercado, se pueden adquirir el antimonio, utilizado para hacer el kohl que se usa como maquillaje de ojos, y el "ghassul", una especie de arcilla que se emplea para la limpieza y el cuidado del cabello y de la piel.

Más adelante, está la madrasa Attarine, que aunque es mucho más modesta que la Bou Inania es considerada la más bella de Fez. Muy cerca de allí, el zoco Attarine deslumbra con los colores y los aromas de las especias. Cestos y frascos están llenos de paprika, pimienta, cilantro y cantidades de semillas, hojas y polvos muy utilizados en la especiada comida marroquí. Los vendedores siempre se muestran dispuestos a transmitir los beneficios y usos de cada una de sus mercancías y, muchas veces, también a convidar un exquisito té con especias, típicamente bereber.

Al-Qarawiyyin es la Mezquita Mayor de Fez y también la sede de la universidad que en el siglo XIV llegó a contar con 8000 estudiantes. Su biblioteca es famosa desde la Edad Media y posee una rica colección de libros y manuscritos. La mezquita está cerrada a los no musulmanes, pero desde afuera puede verse su suntuosa decoración. En el caso de la universidad se recorren los patios, pero no se permite a los turistas visitar la sala de lectura -por cierto bellísima-, para no interrumpir la labor de estudiantes e investigadores, a menos que uno tenga la intención de hurgar en los numerosos volúmenes de la biblioteca.

Al salir de Al-Qarawiyyin, hay que tener cuidado de no perderse. Lo más conveniente es rodearla hasta la Zauía (mausoleo) de Mulay Idriss, que alberga la tumba de Idriss II. Es un lugar muy venerado por los marroquíes que una vez en el recinto sagrado, prohibido para los no musulmanes, tocan la sepultura a través de una pequeña placa de cobre perforada con un agujero. En las cercanías, se multiplican los mendigos que esperan la caridad de los peregrinos.

Frente a la entrada principal del mausoleo sale una callejuela con negocios de velas y otros objetos vinculados al culto religioso, por la que se llega a la plaza Nejjarine, que, con su espléndida fuente, es uno de los rincones más agradables de la medina. Allí se puede tomar un descanso antes de regresar, por Talaa Sghira, a Bab Bou Jelloud.

Es difícil que alguien salga de la medina con las manos vacías y no se haya dejado tentar por unas babuchas, un juego de vasos para el té de menta o alguna lámpara de vidrios coloridos. Y con la compra, también habrá pasado por la experiencia del regateo, una negociación que nunca puede ni debe evitarse. Este intercambio permite conseguir un precio más bajo, establecer un contacto interesante con el interlocutor y, sobre todo, participar de uno de los rituales más típicos de Marruecos.

Nota relacionada: Casablanca, casi a la altura de su mito.

La fuente:  María Masquelet (mmasquelet@gmail.com) es la jefa de Redacción de El Corresponsal de Medio Oriente y África. Las fotografías pertenecen a Ricardo López Dusil para elcorresponsal.com.
 
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