Por mucho que la brutalidad siempre asombre, no es difícil entender qué pasó en la madrugada del 31 de mayo de 2010 en aguas internacionales cercanas a Gaza: en la masacre de cooperantes internacionales que pretendían llevar ayuda humanitaria a la población palestina encarcelada en Gaza hay una espantosa coherencia, una línea de continuidad tan obvia que nadie, honestamente, puede darse por sorprendido. Hace mucho tiempo ya que los gobiernos de Israel vienen avisando que mientras tengan la razón de la fuerza no necesitan la fuerza de la razón.
El matón será lo que se quiera, pero no es tonto. Tuvo tiempo para evaluar un sinnúmero de alternativas: levantar el bloqueo que asfixia a Gaza y desarticular de esa manera el efecto propagandístico adverso de una flotilla internacional llevando ayuda a los desesperados; bloquear "amistosamente" a los cooperantes, evitando a cualquier costo la posibilidad de enfrentamientos; aguardar a que los barcos ingresaran en aguas territoriales para tener algún respaldo legal para detenerlos; efectuar disparos de advertencia para demostrar su voluntad de impedirles el paso; sabotear el funcionamiento de los barcos para dejarlos imposibilitados de continuar la travesía... Pero eligió asaltar la nave nodriza de la flotilla de noche, en aguas internacionales y con el uso de comandos. Un acto de piratería que difícilmente podía tener otro desenlace que el que tuvo. ¿Era impensable imaginar que la tripulación se resistiría, en el caso de que lo hubiera hecho, al asalto de comandos en aguas de jurisdicción internacional o lo que se buscaba era precisamente eso? Veámoslo de este modo: difícilmente le demos un palazo al señor que toca a nuestra puerta en una tarde soleada y al que vemos por la mirilla con un ramo de flores; pero si a uno lo visitan por la noche, entrando por la ventana, con el rostro tapado y portando armas, raramente se descorche un buen vino para brindar por la salud de todos.
Los palestinos, sin disparar un tiro, han ganado otra guerra. Lo mismo pasó con el escarmiento que Israel pretendió darles al Hezbollah en El Líbano y a Hamas en Gaza, sólo por citar las atrocidades más recientes. En todos los casos, el enemigo emergió fortalecido. ¿Un error? No, la excusa perfecta para que el matón se mantenga en sus trece. Un matón de verdad necesita de un enemigo lo suficientemente fuerte como para que sus represalias no sean escandalosas; pero no tanto como para correr el riesgo de perder el control del barrio.
Mientras mantenga las cosas como están, el matón no necesitará enfrentar otros desafíos que lo esperan, que no son pocos. Un escenario de paz, tal como están las cosas, obligaría al matón a resolver, entre otros desafíos no menores, qué hacer con esos colonos mesiánicos que sembró en los territorios palestinos dándoles vía libre para cualquier estropicio o cómo salir de la maraña discursiva de presentarse como Estado judío y al mismo tiempo democrático. Con un 20 por ciento de población no judía, ambas cosas son incompatibles, por lo que habrá que elegir entre ser un Estado religioso o uno democrático.
La masacre de la flotilla adquiere mayor gravedad por la naturaleza de sus víctimas, que en la perversa bolsa de las necrológicas de la opinión pública cotizan en alza. Hace demasiado tiempo ya que los palestinos vienen muriendo. Algunos en combate, otros por "efectos colaterales", muchos por estar donde no debían, es decir, en sus casas o en su tierra. Pero eso, al fin y al cabo, es un problema de ellos. Los palestinos son palestinos y están acostumbrados a morirse. Ahora que las víctimas son otras, los tutores que criaron al matón ¿estarán dispuestos a tratar de reeducarlo?




