Conviene recordar que los israelíes jamás disimularon su animadversión
hacia el político demócrata. Y no tanto por motivos meramente…
étnicos (léase raciales), como por los antecedentes culturales
de un presidente que aprendió a no hacer uso de su segundo nombre: Hussein.
Para Tel Aviv, la simple presencia de Barack Hussein Obama en el Despacho Oval
suponía un peligro potencial. Así lo dejaron entender los políticos
hebreos durante sus giras por los Estados Unidos, en las entrevistas con miembros
de la comunidad judía norteamericana o defensores incondicionales del
Estado de Israel.
Para Netanyahu, al igual que para sus antecesores, la amplitud de miras del
presidente de Estados Unidos equivale a una bomba de relojería. En efecto,
Israel desconfía de los posibles resultados de la campaña lanzada
por Obama para mejorar la imagen de los Estados Unidos en el mundo árabe,
condición ésta sine qua non para restablecer el equilibrio
estratégico en la región de Oriente Medio, sino también
a raíz del escaso entusiasmo del presidente a la hora de contemplar una
posible intervención armada contra el “enemigo público número
uno” del Estado judío en la zona: la República Islámica
de Irán.
De hecho, Obama resultó ser, al menos hasta la fecha, el dignatario norteamericano menos propenso a aceptar la idea de un ataque “preventivo” contra la nación persa. Un operativo que los israelíes reclaman desde hace años, sacando a relucir el fantasma de la hipotética bomba atómica iraní.
Ficticia o real, la amenaza nuclear iraní se ha convertido en el lema y estribillo de todos los “hombres de paz” de Tel Aviv. Porque no hay que olvidar que el propio Netanyahu abandonó esta semana la Casa Blanca con el calificativo de “político preparado para hacer la paz” (¿con los palestinos?).
Huelga decir que “Bibi” Netanyahu no es el único político hebreo que goza de este dudoso privilegio. El primero en la lista de “hombres buenos” es ex primer ministro laborista Ehud Barak, bautizado “el pacificador” por los asesores de imagen catapultados a Tel Aviv por el presidente Bill Clinton. Recordemos que durante el gobierno de Barak se registró un espectacular incremento de la población de los asentamientos judíos de Cisjordania. Un récord absoluto, que ningún gobierno conservador logró batir.
La aportación de Netanyuahu al mal llamado “proceso de paz” israelo-palestino consiste en la “proeza” de vaciar de contenido, durante su primer mandato de primer ministro (1996-1999), los acuerdos de Oslo. El ex general Sharón, otro “hombre de paz”, según el ex presidente Bush, fue el primer político hebreo en exigir la adopción de medidas contundentes contra Irán. Su prematura desaparición del escenario político frenó el fervor de los neocons de la Casa Blanca.
Tras la vuela al poder, en 2009, “Bibi” Netanyahu decidió insistir sobre la necesidad de acabar con la pesadilla nuclear iraní. Más aún; los estrategas israelíes pusieron fecha a la materialización del proyecto atómico de Teherán. Afirman que los ayatollahs tendrán las primeras ojivas nucleares en menos de… 11 meses.
Hasta ahora, el presidente Obama se limitó a hacer oídos sordos a la campaña de Tel Aviv. Sin embargo, algo parece haber cambiado en las últimas semanas, ya que los propios sauditas no descartan la posibilidad de “tolerar”, si fuera necesario, la presencia en su espacio aéreo de cazabombarderos hebreos cuya misión sería… la destrucción de objetivos estratégicos iraníes.
A cambio, Netanyahu se ha comprometido ante el inquilino de la Casa Blanca iniciar “en breve” el diálogo directo con los palestinos. En resumidas cuentas, Bibi cambia su piel de lobo por un socorrido disfraz de… “hombre de paz”. ¿Otro “hombre de paz”?




