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1995 - Shimon Peres asume la jefatura del gobierno israelí tras el asesinato de Rabin.
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2002 - Un terrorista suicida palestino mata a 11 personas, entre ellas a cinco niños, en Jerusalén.
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Por los chicos

La caza del hombre africano
Miri Regev.
Un tsunami racista recorre Israel, autoproclamada como la “única democracia de Medio Oriente”.
"No seremos un pueblo normal hasta que tengamos prostitutas y ladrones judíos en la Tierra de Israel", dijo hace unos 80 años nuestro poeta nacional, Haim Nahman Bialik.

Este sueño se ha hecho realidad. Tenemos asesinos judíos, ladrones judíos y putas judías (aunque la mayoría de las prostitutas de Israel las importan traficantes de esclavos internacionales desde Europa del Este a través de la frontera del Sinaí).

Pero Bialik era demasiado poco ambicioso. Debería haber añadido: No seremos un pueblo normal hasta que tengamos judíos neonazis y campos de concentración judíos.

Actualmente la principal noticia en todos nuestros medios de comunicación electrónicos e impresos es el terrible peligro que representan los inmigrantes africanos «ilegales».

Refugiados africanos y personas en busca de empleo convergen hacia Israel por varias razones que no tienen nada que ver con ninguna ardorosa fe sionista.

La primera razón es geográfica. Israel es el único país con un nivel de vida europeo al que se puede llegar desde África sin cruzar el mar. Los africanos pueden llegar fácilmente a Egipto y luego sólo tienen que cruzar el desierto del Sinaí para llegar a la frontera con Israel.

El desierto es el hogar de las tribus beduinas, para quienes el contrabando constituye un oficio ancestral. Ya se trate de armas libias para Hamas en Gaza, mujeres ucranianas para los burdeles de Tel Aviv o buscadores de trabajo de Sudán, a cambio de una buena suma de dinero los beduinos los harán llegar a todos a su lugar de destino. En el camino tal vez los secuestren y los canjeen por un rescate o tal vez violen a las mujeres.

Los africanos -principalmente procedentes del norte y el sur de Sudán y Eritrea- se sienten atraídos por el mercado de trabajo israelí. Los israelíes hace tiempo que dejaron de hacer trabajos serviles. Necesitan gente para lavar los platos en los restaurantes de lujo, para limpiar sus casas y para acarrear pesados bultos en los mercados.

Durante años estos trabajos los realizaban los palestinos de Cisjordania y Gaza. Tras el estallido de las Intifadas nuestro gobierno puso fin a eso. Los africanos ocuparon su lugar.

Naturalmente, les pagan salarios que a los israelíes les parecen sueldos de hambre pero que alcanzan para que los inmigrantes puedan enviar remesas a sus familias. Unos pocos dólares brillan como fortunas en sus lugares de origen.

Para poder enviar dinero a sus familias los emigrantes llevan una vida de perros. Casi todos ellos son hombres solteros que viven hacinados en viejas y sucias casas en los suburbios de Tel Aviv y de otras ciudades, lanzando miradas procaces a las chicas locales y emborrachándose para matar el tiempo.

Los habitantes israelíes de estos barrios pobres, los más pobres de entre los pobres, los odian. Los acusan de todo tipo de delitos, incluidas violaciones, peleas violentas y asesinatos. También creen que transmiten enfermedades peligrosas prácticamente desconocidas en Israel, como la malaria y la tuberculosis. A diferencia de los israelíes, a los emigrantes no los vacunan al nacer.

Todas estas acusaciones son, por supuesto, enormemente exageradas. Pero uno puede comprender a los israelíes de los barrios marginales que han de convivir con extranjeros pobres con los que no mantienen ninguna comunicación.

En tales circunstancias el racismo florece. Los africanos son fácilmente reconocibles por el color de su piel. Abunda la verborrea racista habitual: "¡Violan a nuestras mujeres!", "¡Son portadores de enfermedades mortales!", "¡Son como animales!", acusaciones a las que se añade otra de carácter específicamente israelí: "¡Ponen en peligro el Estado judío!".

En total hay en la actualidad unos 60.000 africanos en Israel, a los que hay que añadir aproximadamente otros 3.000 que entran cada mes. Hay también un gran número de tailandeses ("legales") que trabajan en la agricultura, chinos y rumanos en la industria de la construcción y filipinos que ayudan a enfermos y ancianos.

(Un chiste de estos días: Un viejo Palmachnik -miembro de la organización militar ilegal anterior a la la creación del Estado israeli- asiste a una reunión de veteranos y exclama: "¡Caramba, no sabía que hubiera tantos filipinos en el Palmach!")

Siendo la población judía de Israel de 6,5 millones de personas, y los ciudadanos árabes, un millón y medio, es fácil describir a los inmigrantes como un terrible peligro para la preservación del carácter judío del Estado.

Igual que un pantano atrae a los mosquitos, este tipo de situaciones atrae a los agitadores y a los mercachifles del odio. Y de ambos especímenes estamos bien surtidos.

Hace dos semanas estallaron disturbios en el barrio Hatikva de Tel Aviv, uno de los barrios afectados. Los africanos fueron atacados y saquearon las tiendas de su propiedad.

Como atraídos por arte de magia, en un tiempo récord se presentaron en el lugar los más conocidos agitadores fascistas, incitando a la multitud contra los africanos y contra los izquierdistas de "corazones sangrantes".

La mayor atención mediática se la ganó una parlamentaria del Likud llamada Miri Regev. No satisfecha con los epítetos habituales, proclamó a gritos que los africanos eran "un cáncer".

Esta expresión, tomada del léxico de Goebbels, causó estupor en todo el país. Regev no sólo es una mujer bonita, sino también antigua portavoz del ejército israelí (nombrada por el ex jefe del Estado Mayor Dan Halutz, artífice de la desastrosa II Guerra del Líbano y recordado por su comentario de que lo único que [pilotando un avión] siente al lanzar una bomba sobre un bloque de viviendas es "un ligero temblor en el ala".)

Regev copó los titulares con su arenga y fue recompensada con numerosas entrevistas televisivas en las que se distinguió por utilizar el tipo de lenguaje que otrora se atribuía a las pescadoras (dicho sin ánimo de ofender a éstas). Escucharla hablar resultaba, para decirlo rápido, repugnante.

Sobre la repugnancia: Tengo una afición personal. Cada semana elijo -para uso estrictamente personal- a la persona más repugnante de la vida pública israelí. Durante las últimas semanas consecutivas mi personaje elegido ha sido Eli Yishai, del partido ortodoxo oriental Shas.

El Shas está totalmente dominado por una sola persona: el rabino Ovadia Yossef. Es él quien nomina y despide a los dirigentes políticos del partido. Su palabra es ley. Cuando el último líder fue enviado a prisión por robo, el rabino Ovadia sacó a Eli Yishai de la galera.

Como ministro del Interior Yishai ha servido sobre todo como conducto por el que hacer fluir el dinero gubernamental hacia las instituciones de su partido. En todas las demás funciones ha fracasado estrepitosamente. Corren intensos rumores de que en su próximo informe sobre el incendio forestal del monte Carmelo el contralor del Estado va a recomendar su destitución por incompetencia flagrante.

Para Yishai la histeria antiafricana es un regalo de su Dios. Tras haberle dicho al público que los inmigrantes son criminales, portadores de enfermedades y que ponen en peligro el Estado judío, ha declarado la guerra contra ellos.

Ahora el país entero está movilizado. Los titulares anuncian a diario el número de africanos deportados. Los "policías de inmigración" de Yishai son fotografiados introduciendo a empujones a los africanos en furgonetas policiales. El propio Yishai aparece a diario en la televisión jactándose de sus logros.

La Knesset está discutiendo un proyecto de ley que impondrá duras penas de prisión (¡cinco años!) más una multa de medio millón de shekels (¡100.000 euros!) a todo el que emplee a un trabajador "ilegal". Afortunadamente, esta ley se encuentra aún en fase de tramitación y no se aplicará a las esposas del ministro de Defensa (Ehud Barak) y del Fiscal General (Yehuda Weinstein), que fueron sorprendidas empleando en sus casas a inmigrantes ilegales (sus maridos, por supuesto, no sabían nada).

Por encima de todo, Yishai se jacta de la enorme campaña de caza del hombre actualmente en marcha. Los africanos se acurrucan en sus miserables casas sin atreverse a salir a la calle. De noche permanecen alertas ante cualquier ruido, temerosos de la pavorosa llamada de la policía de inmigración a su puerta.

El problema es que la mayor parte de los 60.000 africanos proceden de Eritrea y del norte de Sudán, a donde no pueden ser devueltos porque el Tribunal Supremo lo ha prohibido. Su repatriación pondría sus vidas en peligro. Esto deja sólo a los ciudadanos del nuevo Estado del sur de Sudán, que ha sido liberado con la ayuda de asesores militares y armas israelíes. Ahora están siendo detenidos con pleno despliegue publicitario para ser deportados.

¿Y los demás? En estos momentos el gobierno trabaja febrilmente en la construcción de enormes campamentos en el árido desierto de Negev, en medio de la nada, donde decenas de miles de inmigrantes serán encerrados durante tres años en lo que no pueden ser sino condiciones inhumanas. Dado que ningún país está dispuesto a acogerlos, probablemente se quedarán ahí por mucho tiempo. Ahora mismo ya no hay agua ni condiciones sanitarias, las mujeres y los niños (nacidos en Israel y hebreoparlantes) serán alojados por separado. En verano las temperaturas alcanzarán fácilmente los 40 grados centígrados. La vida dentro de las carpas será un infierno.

Yishai y sus colegas tienen un sexto sentido para el lenguaje higienizado. A los inmigrantes los llaman "infiltrados", deportar se dice "retornar", los campos de prisioneros se llamarán "campos de residencia". Nada de campos de concentración, por Dios.

Soy consciente de que en otros países civilizados a los inmigrantes se los trata tan mal o peor, pero eso no me aporta el más mínimo consuelo.

También soy consciente de que hay un problema real que tiene que ser resuelto. Pero no de esta manera.

Como ciudadano de un Estado que se autodenomina "judío", o incluso "el Estado de los sobrevivientes del Holocausto", siento asco.

He oído miles de historias sobre las cacerías nazis de judíos, sobre los linchamientos en Estados Unidos y sobre los pogromos rusos. No hay comparación posible, por supuesto, pero las imágenes [de esos episodios históricos] no cesan de acudir a mi mente. No puedo evitarlo.

La forma como tratamos a los refugiados e inmigrantes africanos no tiene nada que ver con el viejo conflicto con los árabes. No se puede justificar con argumentos relacionados con la guerra y la seguridad nacional.

Lo que hay aquí es racismo puro y duro.

La fuente:  El artículo original fue publicado en Gush Shalom. La traducción del inglés pertenece a L. B. para Rebelión.
 
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