Weimar en Jerusalén
Fecha Lunes, 01 noviembre de 2010
Tema Opinión/Ideas


Para el autor, la sociedad israelí debe despertarse del coma y luchar con todos los medios disponibles para detener la "ola fascista que está amenazando hundirnos".

En Berlín acaba de inaugurarse una exposición titulada "Hitler y los alemanes". Examina las circunstancias que ocasionaron que el pueblo alemán llevara al poder a Adolfo Hitler y lo siguiera hasta el final. Estoy demasiado ocupado con los problemas de la democracia israelí para volar a Berlín. Es una lástima. Precisamente este tema me ha estado preocupando desde la infancia ¿Qué es lo que sucedió que una nación civilizada, que se distinguía como el “pueblo de poetas y pensadores” siga a este hombre, así como los niños de Hamelin siguió al flautista, hasta su perdición?

Esto me preocupa, no sólo como un fenómeno histórico sino como una advertencia para el futuro. Si esto le sucedió a los alemanes, ¿puede sucederle a cualquier pueblo? ¿Puede pasar aquí? Cuando era un niño de 9 años fui testigo ocular de la caída de la democracia alemana y el ascenso de los nazis al poder. Las imágenes están grabadas en mi memoria – las campañas electorales que se sucedían una tras otra, los uniformes en la calle, las discusiones alrededor de la mesa, el maestro que nos recibió por primera vez con un "Heil Hitler"-. Reviví estos recuerdos en un libro que escribí en hebreo durante el proceso de Eichmann, que termina con un capítulo titulado: "¿Puede esto pasar aquí?". Estoy retornando a ellos estos días, mientras escribo mis memorias.

No sé si la exposición de Berlín intenta responder a estas preguntas. Tal vez no. Incluso ahora, 77 años después, no hay una respuesta definitiva a la pregunta: ¿Por qué colapsó la república alemana? Esta es una cuestión de suma importancia, porque ahora la gente de Israel está preguntando, con creciente preocupación: ¿está colapsando la república de Israel?

Por primera vez, esta cuestión se está planteando con toda seriedad. A lo largo de los años, fuimos cuidadosos en no mencionar la palabra fascismo en el discurso público. Plantea recuerdos que son demasiado monstruosos. Ahora este tabú ha sido quebrado. Yitzhak Herzog, ministro de Bienestar Social en el gobierno de Netanyahu, miembro del Partido Laborista, nieto de un rabino e hijo de un presidente, dijo hace pocos días atrás que "el fascismo está afectando a los marginados de nuestra sociedad". Se equivocó: el fascismo no sólo está afectando a los marginados; está afectando al gobierno que él está integrando y a la Knesset, de la que es miembro.

No hay día que pase -casi siempre- sin que un grupo de miembros de la Knesset presente un nuevo proyecto de ley racista. El país sigue dividido por la enmienda a la ley de la ciudadanía, lo que obligará a los solicitantes a jurar fidelidad a "Israel como Estado judío y democrático". Ahora los ministros están discutiendo si esto se les exigirá sólo a los no judíos (que no suena bonito) o a los judíos también, como si esto cambiara un poco el contenido racista.

Esta semana, se presentó un nuevo proyecto de ley. Se prohibiría a los no ciudadanos actuar como guías turísticos en el este de Jerusalén. Los no ciudadanos en este caso significan árabes. Porque, cuando Jerusalén fue anexada por la fuerza a Israel después de la guerra de 1967, a sus habitantes árabes no se les concedió la ciudadanía. Les fue otorgado solamente el estatus de "residentes permanentes", como si fueran recién llegados y no descendientes de familias que han vivido en la ciudad durante siglos. El proyecto de ley tiene por objeto privar a los habitantes árabes de Jerusalén del derecho a servir como guías de turismo en sus lugares santos en su ciudad, ya que son proclives a desviarse de la línea de propaganda oficial. ¿Chocante? ¿Increíble? No a los ojos de los proponentes, que incluyen a miembros del partido Kadima. Un miembro de la Knesset del partido Meretz también firmó, pero luego se retractó, afirmando que estuvo confundido.

Esta propuesta llega después de que docenas de proyectos de ley de esta clase se han presentado recientemente, y antes de docenas de otros que ya están en camino. Los miembros de la Knesset actúan como tiburones en un frenesí de ingesta. Hay una salvaje competencia entre ellos para ver quién puede urdir el proyecto de ley más racista.

Vale la pena. Después de cada proyecto de ley tal, los propiciadores están invitados a los estudios de televisión para "explicar" su objetivo. Sus fotografías aparecen en los periódicos. Para oscuros diputados, cuyos nombres jamás hemos escuchado, eso representa una tentación irresistible. Los medios de comunicación están colaborando.

Este no es un fenómeno exclusivamente israelí. En toda Europa y América, ostensibles fascistas están levantando sus cabezas. Los proveedores del odio, que hasta ahora han ido extendiendo su veneno a los marginales del sistema político, están ahora llegando al centro. En casi todos los países hay demagogos que construyen su carrera en la incitación contra los débiles e indefensos, que abogan por la expulsión de "extranjeros" y la persecución de las minorías. En el pasado fueron fáciles de proscribir, como lo fue Hitler al comienzo de su carrera. Ahora deben ser tomadas en serio.

Hace sólo unos años, el mundo se conmovió cuando se le permitió al partido de Jörg Haider entrar en la coalición del gobierno austriaco. Haider elogió los logros de Hitler. Furiosamente, el gobierno israelí retiró a su embajador en Viena. Actualmente el nuevo gobierno holandés depende del apoyo de un racista declarado, y los partidos fascistas logran impresionantes avances electorales en muchos países. El movimiento "Tea Party", que está floreciendo en los EE.UU., tiene algunos aspectos claramente fascistas. A uno de sus candidatos le gusta andar de un lado a otro, llevando puesto el uniforme de la sanguinaria Waffen SS-nazi.

De modo que estamos en buena compañía. No somos peores que los demás. Si ellos pueden hacerlo, ¿por qué no nosotros?

Pero existe una gran diferencia: Israel no está en la misma situación que Holanda o Suecia. A diferencia de estos países, la existencia misma de Israel está amenazada por el fascismo. Lo que puede conducir a la destrucción de nuestro estado.

Hace años creía que dos milagros habían ocurrido en Israel: el renacimiento de la lengua hebrea y la democracia israelí.

La resurrección de una lengua "muerta" jamás ha tenido éxito en otro sitio. Theodor Herzl, el fundador del sionismo, una vez preguntó desdeñosamente: "¿La gente pedirá un boleto de tren en hebreo?" (Él quería que nosotros hablemos alemán.) Hoy en día, el idioma hebreo funciona mejor que las tarifas del ferrocarril israelí.

Pero la democracia israelí es un milagro aún mayor. No creció desde abajo, como en Europa. El pueblo judío nunca había tenido democracia. La religión judía, como casi todas las religiones, es totalitaria. Los inmigrantes que fluyeron al país nunca habían experimentado antes vivir en democracia. Venían de la Rusia zarista o bolchevique, de la Polonia autoritaria de Josef Pilsudski, de los tiránicos Marruecos e Irak. Sólo una ínfima parte procedía de los países democráticos. Y, sin embargo, desde sus comienzos, el movimiento sionista impulsó una democracia ejemplar en sus filas, y el Estado de Israel continuó esta tradición (con una limitación: democracia plena para los judíos, una democracia limitada para los ciudadanos árabes).

Yo siempre estuve preocupado de que esta democracia estuviera colgada de un delgado hilo, por la que debíamos estar en guardia cada hora, cada minuto. Ahora se enfrenta a una prueba sin precedentes.

La república alemana llevó el nombre de Weimar, la ciudad donde la Asamblea Constituyente aprobó su constitución después de la Primera Guerra Mundial. El Weimar de Goethe y Bach fue una de las cunas de la cultura alemana.

Fue una constitución brillantemente democrática. Bajo sus alas, Alemania presenció un florecimiento intelectual y artístico sin precedentes. Entonces ¿por qué colapsó la república?

En general, dos causas son reconocidas: la humillación y el desempleo. Cuando la república se encontraba todavía en los primeros estadios, se vio obligada a firmar el Tratado de Paz de Versalles con los vencedores de la Primera Guerra Mundial, un tratado que no era más que un acto de rendición humillante. Cuando la Repúblicase atrasó en los pagos de las enormes indemnizaciones que le impusieron, el ejército francés invadió el corazón industrial de Alemania en 1923, precipitando una inflación galopante, un trauma del que Alemania no se ha recuperado hasta el día de hoy.

Cuando la crisis económica mundial estalló en 1929, la economía alemana se vino abajo. Millones de desesperados desempleados se hundieron en la abyecta pobreza y clamaban por salvación. Hitler prometió eliminar tanto la humillación de la derrota como el desempleo, y cumplió ambas promesas: le dio trabajo a los desempleados en la nueva industria de armamentos y en obras públicas, como lo fueron las nuevas autopistas, en los preparativos para la guerra.

Y hubo una tercera razón para el colapso de la república: la creciente apatía de la opinión pública democrática. El sistema político de la república sencillamente se volvió aborrecible. Mientras el pueblo se hundía en la miseria, los políticos seguían jugando sus juegos. El público estaba deseando un líder fuerte para imponer el orden. Los nazis no derrocaron a la República. La república hizo implosión, los nazis sólo llenaron el vacío.

En Israel no hay una crisis económica. Por el contrario, la economía está floreciendo. Israel no ha firmado ningún acuerdo humillante, como el Tratado de Versalles. Por el contrario, ganó todas sus guerras. Es cierto, nuestros fascistas hablan de los "criminales de Oslo", de la misma forma como Hitler despotricaba contra los "criminales de noviembre", pero el acuerdo de Oslo fue lo opuesto del Tratado de Versalles, que fue firmado en noviembre de 1919.

Siendo así, ¿a raíz de que se genera la profunda crisis de la sociedad israelí? ¿Qué es lo que provoca que millones de ciudadanos consideren con completa apatía las actividades de sus dirigentes, contentándose con sacudir la cabeza frente al televisor? ¿Qué los motiva ignorar de lo que está ocurriendo en los territorios ocupados, a media hora en coche desde su casa? ¿Por qué hay tantos que declaran que no escuchan las noticias o que no leen más los periódicos? ¿Cuál es la causa de la depresión y la desesperanza, que deja abierto el camino hacia el fascismo?

El estado ha llegado a una encrucijada: paz o guerra eterna. Paz significa la fundación del Estado palestino y la evacuación de los asentamientos. Pero el código genético del movimiento sionista está empujando hacia la anexión de la totalidad del histórico país hasta el río Jordán, y -directa o indirectamente- la transferencia de la población árabe. La mayoría de la gente está evadiendo una decisión, al afirmar que como sea "no tenemos ningún socio para la paz". Estamos condenados a la guerra eterna.

La democracia está sufriendo una creciente parálisis, debido a que los diferentes sectores de la población viven en mundos diferentes. La secular, la nacional-religiosa y la ortodoxa reciben una educación totalmente distinta. Los intereses comunes entre ellos se van reduciendo. Otras fisuras se están produciendo entre la vieja comunidad ashkenazi, los judíos orientales, los inmigrantes de la ex Unión Soviética y de Etiopía, y los ciudadanos árabes, cuya separación del resto está aumentando todo el tiempo.

Por segunda vez en mi vida, puedo llegar a tener que presenciar la caída de una república. Pero eso no está predestinado. Israel no es la Alemania del paso de ganso de aquellos días, 2010 no es 1933. La sociedad israelí, sin embargo, puede finalmente recuperar la sobriedad y movilizar a las fuerzas democráticas dentro de sí misma

Pero para que eso suceda, debe despertarse del coma, entender lo que está pasando y a dónde está conduciendo esto, protestar y luchar con todos los medios disponibles (mientras eso sea todavía posible), organizándose para detener la ola fascista que está amenazando hundirnos.

Uri Avnery es periodista, ex legislador y pacifista israelí. Su artículo fue publicado por Gush Shalom. La traducción del inglés pertenece a D.S. para Convergencia.



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