Otra cara de la guerra en Afganistán
Fecha Jueves, 18 noviembre de 2010
Tema Política


Desde Kandahar, en el sur de Afganistán, el autor narra la experiencia de los agentes sanitarios norteamericanos que intervienen en la guerra, que este año ha alcanzado cotas inimaginables de víctimas.


Atención de un herido

KANDAHAR, Afganistán.- El ensordecedor sonido de los rotores rasga el silencio del sur de Kandahar. Uno de los miembros del equipo médico se recuesta sobre la ventanilla del helicóptero mientras otea los dominios terrenales en busca de los enemigos invisibles. La silueta del Black Hawk se difumina sobre la arena rojiza de una tierra bañada por la sangre vertida durante las tres últimas décadas. A lo lejos comienza a brillar el humo rojo de la bengala. Llega la hora de la verdad.

El helicóptero comienza a descender lentamente. El polvo, la arena y los rastrojos se elevan en el aire impulsados por la furia de las aspas. A ambos lados del pájaro casas de barro y paja hacen de testigos mudos. Dos agentes sanitarios, pertrechados con un pesado petate y una camilla, descienden del helicóptero a toda velocidad. El tiempo es oro y más cuando la vida de otra persona pende de un hilo. Escondido tras una endeble valla de adobe, donde el aire de las aspas del helicóptero no puede alcanzarle, espera un grupo de soldados estadounidenses arrodillados y con las manos aferradas a los extremos de un par de camillas que reposan en el suelo. Los dos sanitarios reciben un rápido parte a viva voz por parte de los médicos del hospital de campaña donde los heridos han recibido las primeras curas. Una atención primaria que muchas veces es vital para salvar vidas.

No tardan en regresar al helicóptero mientras ocho soldados portan dos camillas con dos pequeños bultos ocultos por las mantas térmicas que les protegen de los ojos indiscretos. Las puertas del Black Hawk se cierran de golpe y el piloto comienza un suave despegue hacia el hospital militar regional de Kandahar. En la parte trasera del helicóptero, dos niños a los que un IED (Artefacto Explosivo Improvisado, por sus siglas en inglés) colocado en la carretera por los talibanes les ha cambiado la vida para siempre. Uno de los sanitarios comienza a apartar una de las mantas descubriendo a un niño de unos cinco años que llora desconsoladamente. Tiene las piernas llenas de sangre, aunque aparentemente se encontraba en perfecto estado. A su lado, su hermano, de unos 10 años de edad. Su estado es de extrema gravedad. Le han practicado una traqueotomía por donde su alma intenta escapar.

El segundo sanitario le suministra oxígeno con un balón mientras su compañero le inspecciona el cuerpo con sumo cuidado. Retira la manta térmica y descubre su torso desnudo. Tiene el pecho y el abdomen cubiertos con vendas manchadas con la sangre que supura por las heridas de la metralla. Pero la peor parte se la han llevado sus piernas. Una la tiene destrozada mientras en la otra le han hecho un torniquete por donde salen dos tubos negros del drenaje.

Algo no va bien

Los dos sanitarios se miran. Algo no va bien. Se nota en sus caras. En sus rostros inexpresivos. Hablan por sus intercomunicadores y uno de ellos niega con la cabeza. Coloca sus dedos sobre la yugular del pequeño y luego sobre la muñeca. No tiene pulso. Le aparta las vendas del pecho y comienza a practicarle un masaje cardiaco ante la mirada descompuesta de su abuelo que observa, impotente, cómo a su nieto se le escapa la vida a bocanadas. El sudor baña el rostro del sanitario que es relevado por su compañero, que se afana en devolver al pequeño lo que un IED le ha arrebatado en una polvorienta carretera del sur de Afganistán. El sanitario que sostiene el balón que suministra un hilo de esperanza mira por la ventanilla del helicóptero. Quedan menos de dos minutos para tocar tierra... Aún lo pueden conseguir. A lo lejos, en el helipuerto de Camp Hero, brillan las sirenas de las dos ambulancias que se van a encargar de llevar a los dos heridos al hospital. Una docena de enfermeros y camilleros esperan, agachados, a que el helicóptero se pose en el suelo...

En el interior de la sala de urgencias del hospital militar regional de Kandahar los gritos y las carreras se suceden. Uno de los sanitarios del helicóptero continúa con el masaje cardiaco al muchacho mientras pide a gritos morfina. Los médicos afganos le vuelven a tomar el pulso... Pese a todos sus esfuerzos, el niño ha perdido la vida. El chirriante pitido de la máquina a la que está enchufado confirma la peor de las noticias. Una muerte más en esta guerra absurda. Un niño más que se une a la larga lista de menores fallecidos en lo que va de 2010. Según un informe presentado por Naciones Unidas, el número de niños asesinados o heridos alcanzó el 55% en el primer semestre de 2010 respecto al mismo periodo del año anterior: 176 menores murieron y 389 resultaron heridos. Un desastre...

La guerra nunca descansa

“Somos las ambulancias de la guerra. Somos vitales”, puntualiza el mayor Jason Davis, responsable de la unidad Medevacs en Kandahar. Y realmente son vitales. 2010 se ha convertido en un mal año para las tropas de la ISAF (la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, por sus siglas en inglés) desplegadas en Afganistán. Las cifras de fallecidos son alarmantes y alcanzan cotas inimaginables a estas alturas de conflicto. A falta de tres meses para cerrar este ejercicio se han registrado 541 bajas entre las tropas de la coalición (veinte más que en todo 2009). Pero el parte entre los civiles tampoco es nada halagüeño; según Naciones Unidas el número de muertos y heridos civiles ha aumentado un 31% en el primer semestre de 2010, elevando la cifra de fallecidos hasta los 1.200 y la de heridos hasta los 1.997. “Estamos las 24 horas del día, los siete días de la semana y los 365 días del año. No descansamos nunca porque esta guerra nunca lo hace. Siempre habrá heridos y donde haya un herido habrá un equipo de Medevacs para salvarle la vida”, sentencia el mayor Jason Davis. “Vamos a recoger a tres soldados afganos. Al parecer ha explotado una bomba cuando pasaba su vehículo y tienen distintos tipos de heridas. Por lo que sabemos uno de ellos está en estado crítico. Sufre la amputación traumática de al menos una de sus extremidades inferiores”, apunta el sargento Patrick Schultz, uno de los sanitarios pertenecientes al equipo de los Medevacs.

Las heridas más terribles. Explosiones. Metralla. Amputaciones. Los miembros de los Medevacs tienen que enfrentarse a todo tipo de heridas y de situaciones adversas, por eso tienen distintos grados de catalogación para los pacientes. “Las heridas por IED son las más comunes en Afganistán y también las más terribles. Si tienes suerte y la explosión no te ha alcanzado de lleno es posible que sólo tengas heridas a causa de la metralla, pero si te ha estallado al lado... Imagínatelo. Una mierda. Todos los días lo mismo. Un rosario de amputaciones por culpa de esas malditas bombas”, apunta Schultz.

Los afganos no son atendidos en el hospital Role 3 de la base aérea de Kandahar; para ellos han habilitado un pequeño hospital en la base estadounidense de Camp Hero. Este centro cuenta con varios quirófanos. Una UCI que cuenta con equipos de última tecnología imposibles de encontrar en cualquier otro hospital de Afganistán. Una sala de urgencias equipada para recibir hasta seis pacientes de extrema gravedad. Es un oasis de esperanza en un mundo consumido por la desesperación. Pero este pequeño vergel ha tardado casi dos años en brotar gracias a la ISAF, que es quien ha puesto el dinero para equiparlo, y a unos médicos afganos que se desviven por sus pacientes.

Un hospital distinto

En el hospital.

“En principio este centro se destinó para uso exclusivo de soldados y policías afganos. Pero hemos querido demostrar a la sociedad civil que estamos a su lado y por eso también atendemos a los pacientes civiles más graves y todos los martes habilitamos el hospital para acoger, de manera gratuita, a mujeres y niños”, afirma el director del centro.

Este hospital es diferente. Los cirujanos. Los enfermeros. Los pacientes son afganos; pero junto a ellos se encuentra un equipo de una docena de médicos de Estados Unidos que les ayudan en el día a día, les asesoran y supervisan para que todo se desarrolle de la mejor manera. Ellos son un pequeño eslabón en la cadena. “Nuestro trabajo es ínfimo. Quienes de verdad tienen mérito son los médicos afganos. Ellos son los que salvan vidas. Nosotros sólo miramos”, sentencia el mayor Johnson, responsable de la supervisión del hospital.

“Medevac, Medevac, Medevac. Paciente de categoría Alpha. Tripulaciones del primer equipo y de la escolta deben personarse en sus helicópteros”, la voz metálica reverbera en la pequeña radio siempre a su lado. Una nueva llamada. Un nuevo herido. Una nueva vida que salvar. Un día más en Afganistán.

Antonio Pampliega (1982) es licenciado en Periodismo por la Universidad Europea de Madrid y autor del blog Un mundo en guerra. El reportaje fotográfico pertenece a Ricardo García Vilanova, en cuyo blog podrán apreciarse mejor la calidad de sus fotografías.



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