Diario de una deportación infantil
Fecha Martes, 30 noviembre de 2010
Tema Sociedad


Charice, una viuda de origen filipino con dos hijos pequeños, aguarda a que el Ministerio de Interior israelí decida si se quedan en el país o los expulsan. Hasta 400 niños van a ser deportados, pese a haber nacido en suelo israelí, por ser hijos de inmigrantes sin papeles.

(TEL AVIV).- 400 niños israelíes van a ser deportados a los países de origen de sus padres (Etiopía, Sudán, Nigeria, Filipinas, China…). Su delito: ser hijos de inmigrantes sin papeles. “Ilegales” hijos de padres “ilegales”. Todos tendrán que irse, familias enteras. La decisión la tomó el gobierno de Tel Aviv por 13 votos contra 10 el pasado agosto, pero las expulsiones aún no se están realizando. Están a punto, eso sí. Todo es cuestión de semanas, explica el Ministerio del Interior, del que procede la orden. Tan sólo se están terminando de estudiar las alegaciones presentadas por las 400 familias, una cifra “indulgente”, como la calificó el ministro Eli Yishai (Shas, ultraortodoxo), ya que su intención inicial era la de expulsar a todos los pequeños descendientes de inmigrantes indocumentados, hasta 1.200. La decisión no tiene vuelta atrás. De hecho, ante la presión social –y hasta de su propia esposa-, el primer ministro Benjamin Netanyahu aseguró que, en realidad, el país necesitaba medidas “aún más dramáticas”. Todo un espaldarazo al Shas, tercer socio en importancia en el gabinete.

Si los niños quieren quedarse en Israel tendrán que cumplir cinco condiciones: estar escolarizados en el primer grado o en uno superior; haber vivido durante cinco o más años consecutivos en Israel y, si no nacieron aquí, haber llegado al país antes de los 13 años; el menor además debe hablar hebreo y sus padres deben haber entrado con un visado legal. Unicef ha denunciado que Israel ataca el bienestar de niños con su plan porque, como marca la Declaración Universal de sus derechos, los menores deben disponer de estabilidad en su domicilio, garantías en sanidad y educación, hay que preservar sus lazos sociales… Y todo ello se perdería con la deportación. Hasta el colectivo más reverenciado en el país, el de los supervivientes del Holocausto, ha reclamado que los niños se queden, porque una expulsión “se parecería demasiado a errores del pasado que ya sufrimos en nuestras carnes“. Palabra de Elie Wiesel, víctima de la persecución nazi, presidente de una fundación que defiende los derechos humanos.

El ministro Yishai lleva años asegurando que los extranjeros traen enfermedades a Israel, pero ahora teme que además socaven su alma judía, pese a que muchos de ellos profesan su misma fe y han llegado al país a través de la aliá, el retorno legalizado de judíos a Israel. Otros trabajadores vinieron a cubrir los empleos que los propios israelíes denostaban (según desvela el estudio del profesor del departamento de Política Pública de la Universidad de Tel Aviv Yoram Ida), traídos por empresarios que incluso, bajo cuerda, pagaban al gobierno para que mirase hacia otro lado. Ahí está como ejemplo la condena a cuatro años del político del Shas Shlomo Benizi, quien recibió dinero para facilitar los trámites. En total, son 200.000 los inmigrantes que trabajan en un Estado con siete millones de habitantes.

Esta situación de incertidumbre y miedo está aniquilando a las familias que esperan respuestas. Su rutina se ha alterado por el temor a la expulsión, por la cercanía de un golpe que acabe con su empleo o las clases de sus hijos. La familia de Charice es un ejemplo de esa angustia. Viuda, 34 años, con dos hijos: Offer (de cuatro años) y David (de uno y medio). De origen filipino, llegó a Israel hace siete años acompañada de su marido, José, fallecido en un accidente de tránsito en abril. Ambos comenzaron a trabajar en una empresa de servicios en el núcleo Diamond, uno de los grandes polígonos empresariales de Tel Aviv. La muerte del marido destapó la irregularidad de su estancia, pese a que la familia está empadronada, los chicos van al colegio y pagan sus impuestos. La asociación Israeli Children está asesorando a Charice para que pueda quedarse, pero de momento aguarda la respuesta del gobierno a sus alegaciones. Los días en la familia Ll. pasan lentos, densos, tensos. La guillotina de la expulsión ha trocado su vida. Así lo cuenta, día a día.

Día 1: Sábado, día libre. La familia de Charice sale de paseo, a la playa. Pero no en Tel Aviv. Como muchas familias de su entorno, filipinas y etíopes en su mayoría, temen que se les siga la pista en su ciudad, que una patrulla les exija la documentación y los detenga. “Sé que mientras estén estudiando mi reclamación no deben hacernos nada, pero no me fío”, sentencia Charice. Por eso coge el coche y se marcha a Holon, unos pocos kilómetros al Sur, que tiene fama de ser la ciudad más liberal de Israel. A tomar sol, a jugar al voleibol, a beber zumos. Vuelven antes de caer el sol, para ir a la sinagoga del barrio (humilde, hiperpoblado, gris). Confían en que su “completo cumplimiento” de los preceptos judíos les ayuden a su “normalización” a los ojos del Estado. Charice es conversa, el judío era su esposo, y en Interior ahora no les dejan entrar en el programa de aliá porque sostienen que sus hijos no son “plenamente judíos”: la religión, sostienen los rabinos, se transmite por vía materna, y Charice no es más que una gentil reconvertida, una católica aún. No sirve para aceptarla como retornada a la tierra prometida. Una alegría en la cena: acude a casa Cristeta, una amiga de la infancia reencontrada en Israel, cuidadora de ancianos, con papeles. No hay noticias del gobierno.

Día 2: Toca trabajar. Offer irá al colegio con el hijo de otra vecina, maliense, a la que Charice le deja el pequeño antes de salir para su empresa. Al chico, David, lo lleva a la guardería de una ONG. Paga 10 euros al mes por la plaza. Lo que le espera en el Intercambiador Diamond es una jornada de 11 horas como cocinera para el comedor de una gran firma de ingeniería. “El ambiente es bueno, me llevo bien con mis compañeros”, susurra esta mujer de voz quebrada, finísima. Su hijo mayor tendrá que comer también con la vecina, a la que asigna un dinero cada mes. Imposible cruzar la ciudad para estar con él. Al menor lo recoge a la vuelta, a las seis. No se queja: “Ahora estoy mal porque al faltar mi esposo estoy sola para todo, pero antes tampoco tenía tiempo para nada; daba clases de hebreo, lo hablaba mal, y mis ratos libres intentaba ir a la sinagoga. Lo que sea por quedarme”, añade. Hoy ha habido carta de los abuelos desde Oroquieta. Cena en familia, y a dormir. Sin noticias del gobierno.

Día 3: Se enciende la alarma de camino a la guardería. Una pareja de policías vigila el acceso al centro. Sólo fue un susto. Ha habido un incendio en el bloque cercano. Las pulsaciones a mil, las miradas de reojo entre los padres, aterrados como Charice. El resto de la jornada, sin alteraciones. Llamada a la vecina. Todo bien. Llamada al jardín de infancia. David come poco, pero sin más problemas. Hoy Charice se ha encargado de los postres del menú. A la vuelta al barrio, los rumores se acrecientan. Un grupo de compatriotas informa de que ha habido personal de Interior yendo puerta a puerta haciendo preguntas de todo tipo y pidiendo papeles. Han patrullado por las calles, observando. No es la primera vez. Nadie sabe si se han llevado a alguien. Espera una noche de insomnio. Sin noticias del gobierno.

Día 4: Ojeras, temblor de manos, irritabilidad. Las consecuencias de una mala noche. Los nervios por los rumores han dejado sin dormir a Charice. Eso y el llanto del pequeño David. Llama al trabajo: llegará tarde. Quiere ser ella quien lleve a Offer al colegio. Quiere darle seguridad. Desde que comenzaron con las alegaciones el chico ha vuelto a orinarse en la cama. No es su única muestra de desorden: se esconde debajo de la cama porque no quiere ir al colegio, no quiere salir a jugar. Llora pidiendo a su padre que vuelva. “Cuando chilla así yo me derrumbo, no seré capaz de aguantar”, reconoce la madre. Por eso lo protege, aunque le cueste una mentira en la empresa. “Hoy lo necesita, y yo nunca fallo en el trabajo”. Luego sigue la rutina. Ya en casa llama a Karem, director del colegio de Offer, israelí, cómplice en su pelea. “Quiero que, si me detienen, él se quede con mis hijos”. A la cama. Y sin noticias del gobierno.

Día 5: Le duele mentir, pero Charice avisa en el trabajo diciendo que está enferma. Lo ha decidido tras estar vestida y con las llaves en la mano. Ha sido tras recibir la llamada de una amiga que le cuenta que la Policía está visitando empresas y preguntando por los inmigrantes. Ayer lo hicieron en la suya, una fábrica de muebles de Ramat Gam. Charice decide encerrarse en casa, un tercero sin ascensor de 40 metros cuadrados. Sus hijos no irán al colegio. No saldrán a la calle. Habla con sus compatriotas. Muchos han tomado la misma decisión. El miedo cunde. Llama al colegio. El director le dice que sólo un niño, Lior, hijo de israelíes, ha ido a la clase de su hijo. Uno de 27. Aprovecha para dejar dormir a los chiquillos. Aprovecha para repasar papeles, para llamar a su abogado, que acude al piso. Akiva, joven, dinámico, campechano, trata de calmarla. “Lleva muchos años en el país, sus hijos están muy integrados, uno habla hebreo y el otro comienza a hacerlo, es viuda y por eso además merece una especial atención. Ahora la pelea es que su empresa haga una carta en la que asuma que la contrató ilegalmente por necesidad de mano de obra y que la alabe como buena empleada. Con eso debería bastar. En eso confiamos”, le dice tomándole la mano. Pese a ello, se niega a salir. Tiene de todo. No hace falta. El día acaba sin noticias del gobierno.

Día 6: La familia Ll. retoma su día normal, “todo lo normal que puede ser”. La estancia en casa los ha calmado, la rutina une. Los niños y la madre han descansado. “Tengo que pelear por ellos”, se dice Charice. Reconoce que el miedo la ha cambiado. Lo que más la aterra en este momento no es siquiera que los echen, y eso que en Filipinas poco van a encontrar. Lo que le pesa es el desconocimiento: “¿Nos echarán a todos? ¿Sólo a los niños? ¿Sólo a mí? ¿Qué pasará con ellos entonces? ¿Y si me meten en la cárcel? ¿Ellos vendrían conmigo a prisión?”. A la noche se reúne con varias familias más que están programando un plan: quieren esconderse en un kibbutz para que no den con ellos. Otros extranjeros ya lo han hecho. Charice no lo ve. No quiere abandonar su empresa, no quiere cambiar de colegio a sus hijos, no quiere huir. “Aquí esperaremos lo que tenga que pasar”. En su mismo bloque, tres familias siguen encerradas y no salen ni para comprar el pan. Otra noche cae sin noticias del gobierno.

Día 7: No hay trabajo ni cole. Los madrugones se cambian por un desayuno familiar y talleres. A las 11 los recogen los voluntarios de Israeli Children. Van a unas cocheras de Jaffa a preparar las pancartas para la manifestación de la tarde. David se conforma con mancharse las manos de pintura. Offer ensaya canciones en un hebreo rudo. Mientras, su madre conversa con el abogado. Parece que todas las reclamaciones siguen con retraso. Se prueban camisetas con el eslogan “United against the deportation” (Unidos contra la deportación”). Montan en un autobús camino de la calle Dizengoff, en pleno centro, cargados de pancartas en varios idiomas. Empiezan dos horas de caminata, juegos infantiles y discursos de protesta. Más de 5.000 personas, todo un éxito. Los paseantes aplauden a los chavales que encabezan la pancarta, unos sonrientes, otros asustados. Acaba la música y vuelve la realidad. A casa. Arza, una voluntaria, lleva a la familia en su coche, sube al piso, revisa que todo está correcto. Parece casi su guardaespaldas. Y han decidido que lo sea por unos días, hasta que los rumores pasen, o hasta que haya novedades. Todo el tiempo que pueda ser. Al menos, dará compañía y juegos. La semana acaba sin noticias del gobierno. Hasta hoy.

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