Hay que salvar a Sudán antes de que sea tarde
Fecha Domingo, 13 mayo de 2012
Tema Opinión/Ideas


Sudán se desliza hacia el abismo de la guerra y las comunidades árabe e internacional deben ponerse manos a la obra rápidamente y de forma tajante para salvar a centenares de miles de personas que están nuevamente en peligro.

A comienzos de diciembre de 2010, antes de que Mohamed Buazizi prendiera la llama de la Primavera Árabe, todas las miradas regionales e internacionales se centraban en Sudán. Tras años de guerras y negociaciones fracasadas entre el norte y el sur de Sudán, el referéndum popular del 9 de enero de 2011 dividía en dos el país dando lugar al Estado más joven del mundo: Sudán del Sur.

La comunidad internacional y regional sabía que la división sería difícil y que exigiría una diplomacia internacional intensiva para llevarla a buen puerto. Los dos países necesitaban un acuerdo sobre las fronteras en litigio y el reparto de los recursos petroleros y de la deuda pública nacional, así como solucionar la cuestión de los ciudadanos en los territorios de ambos Estados. Todos estos acuerdos deben cerrarlos dos cúpulas que habían estado en guerra entre ellas durante años, y con un gobierno autoritario en Khartum que lleva en guerra con parte de su población durante décadas, y cuyo presidente estaba perseguido a nivel internacional acusado de haber cometido crímenes de guerra.

Huelga decir que los incidentes dramáticos de la Primavera Árabe se apoderaron de toda la atención sobre el mundo árabe, ejerciendo una influencia decisiva entre los expertos y quienes toman las decisiones en la zona y en el resto del mundo. De este modo, el acontecimiento principal que supuestamente iba a captar la atención regional en 2011 acabó en los cajones de la ignorancia y el olvido.

Como estaba previsto, los dos países separados oficialmente en julio de 2011, se deslizaron rápidamente hacia la batalla. Los conflictos en la frontera dieron lugar a dos enfrentamientos armados en Kordofán del Sur y en el Nilo Azul y las diferencias sobre los recursos del petróleo provocaron el colapso casi total de la producción: el Sur suspendió su producción, estimada en 350.000 barriles diarios, en enero en protesta por el arancel impuesto por el norte al transporte del crudo al Mar Rojo. Después, se produjo el reciente ataque a los yacimientos de petróleo de Hachlich en Kordofán del Sur para frenar la mitad de lo que quedaba de los 150.000 barriles que produce el Norte.

Los dos países que antes producían medio millón de barriles de petróleo al día solo producen ahora 50.000 barriles diarios. Los precios de los alimentos se han disparado en los dos países cuyos presupuestos dependen en gran medida de las exportaciones de petróleo. Además hay cerca de medio millón de sudaneses del sur en el norte considerados clandestinos. En los aeropuertos del norte hay miles de ellos, en tierra de nadie, al encontrarse en situación irregular y no poder montar en los aviones que se dirigen al sur.

Las tropas del sur se apoderaban la semana pasada de la población de Hachlich, una zona petrolera en litigio, prendiendo fuego a la mecha de la guerra. El Parlamento sudanés declaró al sur Estado enemigo y se pidió al ejército que recuperara Hachlich por la fuerza. Ahora parece que los dos países se encaminan hacia una guerra total mucho más destructiva que las anteriores porque no será una guerra entre un ejército regular y grupos combatientes. El Sur ha invertido con tanques, artillería, helicópteros y armas anti-carro, aprovechándose de la ventaja que le ofrece su proximidad geográfica a la zona de conflicto. Por su parte el norte dispone de tanques, helicópteros artillados y aviones Mig y Antonov. De no detenerse la guerra, ésta destruirá el país aunque fuese uno de los Estados con más posibilidades de prosperar de África y del mundo árabe. El nuevo conflicto y el colapso consiguiente podrían convertir el país en otra Somalia. Los dos Estados corren tras un poder quimérico ya que las milicias armadas están asentadas en sus propias zonas alimentadas por las identidades étnicas y tribales, y compitiendo por los recursos petroleros.

La Liga Árabe, la ONU y las grandes potencias han publicado varios comunicados condenando la última escalada y haciendo un llamamiento al cese inmediato de los enfrentamientos. Pero como este conflicto no ha recibido una atención central, directa y de alto nivel, la guerra provocará una nueva tragedia humanitaria a gran escala en Sudán.

EEUU, la Unión Europea, Rusia y China deben trabajar con la Liga Árabe y la Unión Africana para coordinar e intensificar esfuerzos para que Khartum y Yuba pongan fin a toda escalada militar de inmediato. Después hay que darle la oportunidad a una mediación internacional seria que logre un avance efectivo en el tema del trazado de fronteras, la renegociación de los acuerdos de repartición de los recursos petroleros y la solución de la situación de los desplazados. Al mismo tiempo la ONU debe insistir en desplegar nuevamente tropas de paz a lo largo de la frontera de la zona motivo de conflicto.

Sudán ha demostrado ser un ejemplo de mala gestión de la pluralidad étnica y religiosa. El país ha estado en una guerra consigo mismo desde su independencia y su gobierno ha estado en conflicto permanente con su pueblo en el oeste, el este y el sur que ha dejado millones de muertos. Además, el gobierno de Khartum es uno de los peores ejemplos de gobierno del periodo previo a la Primavera Árabe, en el que un militar autoritario se agarra a los flecos del poder a través de un cóctel formando por los ingresos del petróleo, la corrupción, el pillaje y la agitación del estandarte de la religión y el nacionalismo étnico.

Si la Primavera Árabe hubiera logrado llegar desde Túnez a Khartum a través de El Cairo, acabando con el régimen corrupto y sustituyéndolo por una democracia y un buen gobierno, Sudán se habría evitado una ronda extra de empobrecimiento y penalidades. Algunos albergan la esperanza de que la pérdida bochornosa y desconcertante del sur de Sudán y la crisis política y económica actual consecuencia de la mala gestión de las relaciones con el Sur, empujen al pueblo sudanés a levantarse contra el régimen, aunque es difícil contar con esta opción.

La violencia que ejerce el régimen de Khartum desde hace años es similar o puede que peor a la existente en otros países árabes, y las comunidades árabe e internacional, que empujaron al presidente yemení, Ali Abdalá Saleh, a dejar el poder y ahora están intentando que el presidente sirio, Bashar al Asad, siga su ejemplo, deben animar al presidente sudanés Omar al Bashir, a que haga lo mismo. Por eso, en lugar de recibir a Al Bashir en la última cumbre árabe de Bagdad, la Liga Árabe debería haber aclarado que ya no consideraba a éste último un presidente legítimo, porque Sudán se merece un presidente mejor.

Sudán se desliza hacia el abismo de la guerra y las comunidades árabe e internacional deben ponerse manos a la obra rápidamente y de forma tajante para salvar a centenares de miles de personas que están nuevamente en peligro. Puede que al final el cambio político en Khartum sea una parte indivisible de la solución.

Paul Salem (Centro Carnagie). Al Fanar.



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