El premio Nobel de la Paz va a la guerra
Fecha Jueves, 05 septiembre de 2013
Tema Opinión/Ideas


Barack Obama parece querer honrar la tradición belicista de sus predecesores; desde el fin de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos ha bombardeado a 22 países. Siria e Irán tal vez sean los próximos.

Obama, que a poco de asumir como presidente de los Estados Unidos afirmó que su país nunca más atacaría a otra nación excepto que la seguridad nacional estuviera amenazada, cambió de opinión y va a bombardear a Siria. Honrará, de ese modo, una larga tradición norteamericana: en el lapso que media desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con cualquiera de los 12 presidentes que se sucedieron desde entonces (con excepción de Jimmy Carter, que solo se involucró en la guerra de Afganistán a través de los mujaidines, antecesores de los talibanes), la Casa Blanca ha dispuesto ataques aéreos contra 22 naciones(*), sin contar con otras intervenciones ciertamente controvertidas, como invasiones, desestabilizaciones o el respaldo económico y militar a grupos insurgentes que actuaron como contratistas y asumieron para sí los sinsabores de la tarea sucia. Siria, de tal modo, no será una novedad sino apenas la víctima 23. E Irán, probablemente, la 24.

Por supuesto, en todos los casos hubo explicaciones convincentes, argumentos presuntamente irrefutables, motivos siempre humanitarios. En el caso de Siria, la excusa es el todavía dudoso ataque con gas sarín por parte del régimen de Bashar al-Assad a población civil. No están suficientemente probados ni el alcance de la matanza ni su origen, que algunos atribuyen a los propios rebeldes con el propósito de estimular la respuesta de la Casa Blanca. Si bien es inimaginable que los rebeldes gaseen a su propia gente para posicionarse unos pasos más adelante en una guerra en la que venían perdiendo, también es difícil de creer que el gobierno de Damasco, que no se encontraba en una situación militar desventajosa, acudiera a un ataque químico cuando conocía la amenaza de que ese sería el límite que Occidente no aceptaría traspasar. Pero como en esta guerra, como en todas las otras, no hay buenos y malos sino malos y peores, cualquier especulación en tal sentido parece aventurada.

En primer lugar, habría que decir que un fabricante de armas - y los Estados Unidos fabrican más de la mitad de todo el armamento que se produce en el resto de los países del mundo- no trabaja en balde. La lucrativa industria de los armamentos requiere, como es obvio, que haya quien los utilice. La ausencia de guerras, tal como están las cosas, implicaría la bancarrota de la principal industria de los Estados Unidos, sin contar con el botín que cada guerra genera a sus patrocinadores.

Si observamos el contexto en el que se desenvuelven estos hechos, no se puede omitir que los Estados Unidos parecen estar decididos a rediseñar el Medio Oriente y que eventuales intervenciones militares en Siria y en Irán han sido diseñadas mucho antes de que se iniciara la rebelión en Siria. En estos últimos años, la Casa Blanca intervino de manera más o menos solapada para que las revoluciones en la región no se desmadraran en perjuicio de sus intereses o el de sus aliados (Israel y Arabia Saudita, entre otros) y apoyó calurosamente el reciente golpe de Estado en Egipto, que despejó del poder a los Hermanos Musulmanes para que asumieran, nuevamente, los militares afines al ex dictador Hosni Mubarak. Que los Hermanos Musulmanes hayan hecho un pésimo gobierno no cuestiona la legalidad con la que lo ejercían.

En la reunión de ayer (4 de septiembre) de la comisión de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano, Obama obtuvo el aval para su aventura militar, pero la presión republicana alteró los “alcances limitados” que el presidente prometió darle a su intervención, que no iba a perseguir el derrocamiento de Al-Assad y la consiguiente apertura de la caja de Pandora regional sino solo una reprimenda (brutal, por supuesto), una especie de advertencia al gobernante sirio para que aplacara el enfrentamiento con los rebeldes del llamado Ejército Sirio Libre, conglomerado en el que los buenos muchachos de Al Qaeda tienen participación estelar.

El texto que sometió Obama a la comisión bipartidista tuvo los retoques necesarios para complacer a los republicanos. El senador John McCain, a quien la prensa sorprendió jugando al póker con su IPhone en plena sesión, logró, pese a las distracciones, que se atendieran dos de sus reclamos: la de “crear condiciones favorables para un acuerdo negociado que ponga fin al conflicto y conduzca a un gobierno democrático en Siria", es decir que la intervención norteamericana logre el derrocamiento de Al-Assad, y que se fortalezcan las capacidades "letales y no letales" de la oposición siria, es decir que en caso de que el gobierno de Damasco no caiga por el peso de los ataques norteamericanos lo haga por la supremacía militar de los rebeldes.

Siempre ha sido una decisión compleja la de la intervención de la comunidad internacional, por vía de las Naciones Unidas, frente a una catástrofe humanitaria. Tras el genocidio de 1994 en Ruanda y la depuración étnica en los Balcanes y Kosovo en 1995 y 1999, la comunidad internacional comenzó a debatir seriamente cómo reaccionar frente a violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos. El problema central de la cuestión es establecer si los Estados tienen soberanía incondicional sobre sus asuntos o si la comunidad internacional tiene el derecho de intervenir militarmente en un país con fines humanitarios.

La Comisión Internacional sobre Intervención y Soberanía de los Estados creó entonces la figura de la “responsabilidad de proteger”, que estableció que si un Estado, ya sea por falta de voluntad o capacidad, era incapaz de cumplir con la responsabilidad de proteger a la población dentro de sus fronteras, tal responsabilidad incumbía entonces a la comunidad internacional en su conjunto. Frente al supuesto de que haya sido el gobierno de Damasco el responsable de la matanza, queda habilitada la posibilidad de una intervención internacional, aunque primero deberían utilizarse medios diplomáticos, humanitarios y otros recursos pacíficos. Si esos medios resultan ser inadecuados y si “es evidente que las autoridades nacionales no protegen” a la población, la comunidad internacional –dice la ONU- debe actuar de manera “oportuna y decisiva” pero entendiendo que el uso de la fuerza es el último recurso, que debe tener proporcionalidad y que debe ser aprobado por consenso del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Ninguna de esas tres reglas básicas se estará cumpliendo si los Estados Unidos ataca a Siria por decisión propia. Además de bombardear a Siria, el premio Nobel de la Paz estará atacando, como lo hicieron sus mayores, la legalidad internacional.

(*) 1, China (1945/46 y 1950/53); 2, Corea (1950/53); 3, Guatemala (1954, 1960 y 1967/69); 4, Indonesia (1958); 5, Cuba (1959/60); 6, Congo (1964); 7, Perú (1965); 8, Laos (1964/73); 9, Vietnam (1961/73); 10, Camboya (1969/70); 11, Grenada (1983); 12, Libia (1986) (2011); 13, El Salvador (década de 1980); 14, Nicaragua (década de 1980); 15, Panamá (1989); 16, Irak (1991/2001); 17, Sudán (1998); 18, Yugoslavia (1999); 19, Afganistán (1998, 2001); 20 Somalia (2007/2013, con drones); 21 Pakistán (2008/2009, con drones); 22 Yemen (2009, con drones)

El autor es director periodístico de elcorresponsal.com.



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