El genocidio del sueño de nuestros abuelos
Fecha Martes, 22 julio de 2014
Tema Opinión/Ideas


Si Hitler mató a millones de judíos, si la Inquisición los quemó vivos, Israel completa esa tarea aniquilando la esencia del pueblo de nuestros abuelos.

Mientras el Estado de Israel ejerce el terrorismo de estado sobre la población civil en la Franja de Gaza. Mientras su poderosísimo ejército practica el asesinato masivo de niños financiado con miles de millones de dólares por los Estados Unidos. Mientras día a día sigue esta política genocida que parece tener como objetivo el exterminio total de los palestinos, la horrorosa “solución final” que parece haber elegido Israel como eje de su política, pienso en ellos.

Pienso en ellos, nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que llegaron a estas tierras perseguidos por los pogroms y el hambre. Que venían en barcos al impulso de la desesperación, buscando un lugar en el mundo, un poco de paz, un trabajo digno, un plato de comida para sus hijos. Se habían negado durante siglos a dejar de ser quiénes eran, a abandonar las esencias profundas que guiaban sus vidas.

Algunos se llamaban Becker (panadero), Shnaider (sastre), Fisher (pescador), Fleisher (carnicero), Broitman (panadero), Schuster (zapatero) o Stolier (carpintero). Esos apellidos reflejaban quiénes eran: gente sencilla y trabajadora que buscaban tener una vida digna, una tierra donde crecer, donde sus hijos pudieran tener un futuro, estudiar, continuar con sus tradiciones.

No llevaban como apellidos Asesino de Niños, Verdugo, Genocida o Torturador, ni sus equivalentes en idish, en ladino o en hebreo. No los llevaban porque no lo eran, porque sus sueños no eran la pesadilla de nadie.

Se afincaron en esta tierra, se hicieron primero gauchos judíos para transformarse con el tiempo y las generaciones en judíos argentinos, una parte de este pueblo que aunó a quienes tenían sus antepasados en este suelo con los que llegaban de las latitudes más diversos para constituir esta “nueva y gloriosa nación”.
Siguieron y seguimos siendo judíos, no renunciamos a nuestra identidad originaria, y tampoco a nuestra profunda condición de argentinos. Compartimos la historia y el destino de esta nación, sus logros y sus tragedias.

Cuando llegó la hora más dolorosa, la dictadura militar iniciada en 1976, hubo 2.000 judíos entre los 30.000 desaparecidos. Sí, 2.000 entre 30.000, casi el 7,5%, cuando los judíos argentinos no alcanzaban al 2% de la población total del país. Cuentan los sobrevivientes que los judíos eran víctimas preferenciales a la hora de la tortura y la humillación; los genocidas se ensañaban especialmente con ellos.

Mientras tanto, el estado de Israel guardaba silencio. No reclamaba por estas víctimas, no alzaba la voz. Es más, le vendían armas a los militares genocidas. También muchas instituciones comunitarias eran cómplices de ese silencio. ¿Cómo iba a protestar el Estado de Israel si tenían los mismos aliados? Si ambos gobiernos, el argentino y el israelí, eran serviciales a la política de los Estados Unidos. Eran cómplices.

Las madres de esos 2000 desaparecidos, junto a las de los otros 28.000, dieron el ejemplo. Casi 40 años luchando para lograr justicia, sin disparar un solo tiro. Sin matar ni torturar a nadie. Sin asesinar a los hijos de sus enemigos. Sin traicionar sus esencias humanas como no las traicionaron aquellos inmigrantes judíos que poblaron nuestras tierras.

Nosotros compartimos sus luchas, enfrentamos juntos a esa dictadura genocida en las calles, en los lugares de trabajo, en las universidades, en todos los lugares donde vivíamos.

Hoy muchos de los genocidas están presos en cárceles comunes. Otros están procesados. Algunos cuentan con la complicidad de parte de la “familia judicial” y están en sus casas, pero no pueden caminar por las calles, tienen el repudio de toda lo sociedad.

Hoy los cómplices de ayer, los genocidas israelíes, siguen con su política sangrienta, siguen matando a madres, a niños, a civiles. Así como nosotros nos inspiramos en el ejemplo de las Madres de Plaza de Mayo, ellos actúan como Videla, como Astiz, como Massera. Se han transformado en asesinos despiadados que no dudan en masacrar a otro pueblo hasta el exterminio. Nada indica que piensen detenerse en algún momento.

Si Hitler mató a millones de judíos, si la Inquisición los quemó vivos, Israel completa esa tarea aniquilando la esencia del pueblo de nuestros abuelos. Israel es hoy una nación genocida que está llevando a cabo innumerables delitos de lesa humanidad. Que traza su camino entre cadáveres de niños, miembros amputados y familias destrozadas por su accionar. Israel es hoy el emisario de la muerte. Israel representa hoy la peor traición para los judíos del mundo, para la memoria de nuestros abuelos.

Gabriel Marcelo Wainstein es periodista y audiovisualista. En la actualidad coordina el área audiovisual de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (Buenos Aires, Argentina).



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